Hannibal Lecter es mexicano

Por ANDRÉS TAPIA / Foto:  JUAN CARLOS RODRÍGUEZ para Milenio

En una entrevista concedida al diario The Times, Thomas Harris, autor de la novela El silencio de los corderos, asegura haberse inspirado en un “médico” mexicano para la creación de su personaje Hannibal Lecter, quizá el asesino serial de ficción más venerado y popular de toda la historia.

La nota brinca en las redes sociales: “Hannibal Lecter es mexicano”, titulan algunos medios. Pero la situación de límite que se vive en Michoacán, la muerte del futbolista Christian Benítez y la decisión de mantener al frente de la Selección Nacional de México a José Manuel de la Torre, impiden que se vuelva del todo viral.

En una nota firmada por Kaya Burgess que apareció en la edición de The Times del sábado 27 de julio, Harris cuenta haber conocido en una prisión del estado mexicano de Nuevo León a un hombre al que se refiere como Doctor Salazar. El escritor lo conoció a partir de una investigación que realizaba en torno a un asesino estadounidense llamado Dykes Askew Simmons.

Simmons, quien estaba preso por presuntamente haber asesinado a tres hermanos en la ciudad de Monterrey (Hilda, Martha y Manuel Pérez Villagómez) en el año 1959, pretendió escapar de la prisión y fue herido a balazos por los guardias de la misma. De acuerdo a los recuerdos de Harris, el tal Doctor Salazar lo atendió y salvó su vida. Fue así como lo conoció.

En lo que se supone es un borrador del que será el prólogo para la edición especial que conmemora los 25 años de la publicación de El silencio de los corderos, Harris refiere haber charlado con Salazar en relación a Simmons. Con 23 años entonces, el novel periodista de pronto se vio entrampado: en lugar de responder sus preguntas, Salazar comenzó a cuestionarlo:

“–¿Lleva usted lentes de sol consigo, señor Harris?

–Sí.

–¿Podría sugerirle que cuando lo entreviste (a Simmons) no se los ponga?

–¿Por qué?

–Porque él podría ver su reflejo en los suyos… Pero dígame, ¿piensa usted que Simmons era maltratado por otros niños durante los recreos debido a que es un hombre con un defecto físico?

–Probablemente, eso es común.

El doctor pareció regocijarse con mi respuesta.

–Sí, es común. ¿Vio usted fotos de las víctimas: las dos jovencitas y su hermanito?

–Sí.

–¿Diría usted que eran chicos atractivos?

–Lo eran: jóvenes bien parecidos provenientes de una buena familia… con una buena educación, me lo han dicho. Pero… no está usted diciendo que ellos lo provocaron, ¿o sí?

–No, por supuesto. Pero las aflicciones infantiles hacen que las aflicciones posteriores sean fácilmente recreadas”.

Repentinamente, un grupo de personas, entre ellas el director de la prisión, irrumpieron en el sitio donde conversaban ambos hombres y con algunas palabras que simularon una excusa, sacaron a Harris de ahí. Como el periodista creyese que Salazar trabajaba en el penal, preguntó al director de la prisión cuánto tiempo llevaba él ahí; el funcionario le respondió que Salazar no era doctor, que era un demente, un asesino y que nunca saldría de ahí. Como Harris replicase que había visto a algunos pacientes dirigirse a su oficina, el director le respondió: “Con la gente pobre no se comporta como demente”.

Perturbado por aquel encuentro, Harris se guardó el recuerdo de Salazar, un “hombre pequeño, ágil, y con cabello rojo oscuro”, durante casi tres décadas. Hasta que una noche (esto no lo refiere Harris, pero supongo que tuvo que haber sido de noche) decidió exhumarlo para crear a Hannibal Lecter.

Parece una broma. Y muy mala. Como si México no tuviese bastante con los actos criminales perpetrados por los cárteles de la droga, los traficantes de personas, los secuestradores, los asesinos, los políticos corruptos, los violadores… por su propia historia y folklore. Y no, no es bastante, de pronto resulta que el más célebre asesino serial de Hollywood no devino leyenda, carne y mito a partir de la imaginación de Harris, sino de un “médico” mexicano que pasó 20 años en prisión por uno (o varios asesinatos) y por haber usurpado la profesión de Jesús Castillo Rangel, un médico de verdad.

Y sí, sería una mala broma, de no ser por el brillante periodista y escritor Diego Enrique Osorno, quien en meses pasados sostuvo un intercambio epistolar con Thomas Harris, quien llanamente le pidió le ayudase a averiguar el nombre verdadero del tal doctor Salazar.

Con el tesón y talento que siempre lo han caracterizado (y un poco de suerte: reportero sin trébol de cuatro hojas no es reportero), Diego consiguió el nombre que Harris le solicitó: Alfredo Ballí Treviño, convicto por los delitos de “…homicidio calificado, inhumación clandestina y usurpación de profesión en perjuicio del médico Jesús Castillo Rangel (aquí la historia de pluma del propio Diego: http://www.vice.com/es_mx/read/hannibal-lecter-es-de-monterrey)”.

Gracias a Diego, el asunto deja de ser una mala broma, pero los medios de comunicación mexicanos, tan proclives ellos como todo el país al escarnio de la tragedia, lo convierten en una nota de “color”. Por supuesto, tiene “gracia” eso de que Thomas Harris se inspirara en un “médico” mexicano para crear a Hannibal Lecter. Pero… ¿en verdad la tiene?

Sin entrar en detalles, porque los detalles en México se olvidan (y con mayor razón cuando se trata de asesinos, muertes, crímenes de cualquier índole e ilegalidades), Alfredo Ballí Treviño asesinó y destazó al doctor Jesús Castillo Rangel (quien se presume era su pareja sentimental) y arrojó sus restos a lo largo de una autopista (¿qué no es eso mismo lo que hacen hoy los cárteles de la droga?).

En la correspondencia sostenida con Diego, Harris refiere que Ballí Treviño era un asesino de autoestopistas (en plural), que los asesinaba, desmembraba y arrojaba sus restos en la carretera. Que fue conocido como “El Hombre Lobo de Nuevo León” y que no conocía su nombre (en el borrador de su prólogo, Harris dice: “Dr. Salazar no era su nombre. Decidí dejarlo en paz”).

No obstante, y a despecho de las “tradiciones mexicanas”, sería prudente mencionar algunos detalles. Dykes Askew Simmons permaneció preso en México unos ocho años. En 1969 protagonizó un nuevo intento de fuga, esta vez exitoso: vestido con los hábitos de una monja que su esposa consiguió, escapó de la prisión en medio de un grupo de religiosas (pienso en esto y las palabras Puente Grande y Joaquín Archibaldo “el Chapo” Guzmán Loera recalan en mi mente). Infortunadamente para él, meses después murió en Forth Worth, Texas, atropellado al parecer por un automóvil (http://news.google.com/newspapers?nid=950&dat=19690925&id=q0hQAAAAIBAJ&sjid=MlcDAAAAIBAJ&pg=6328,5427516).

El doctor Alfredo Ballí Treviño fue liberado a principios de la década de 1980. Se estableció en un barrio perdido de la ciudad de Monterrey y, de acuerdo a Diego y al periodista Juan Carlos Rodríguez del diario Milenio, trató como “médico” a la gente pobre que acudía a él. Llevando a cabo esa rutina habría muerto en el año 2010.

Una foto mala, muy mala, pero en tanto única extraordinaria en consecuencia (tomada por Juan Carlos Rodríguez en 2008), lo emparenta físicamente con Anthony Hopkins, el actor británico que personificó a Hannibal Lecter, si bien lo exhibe decrépito, muerto de miedo y patético.

Los criminales mexicanos son así, no importa la edad que tengan: decrépitos, muertos de miedo y patéticos. Infortunadamente, a partir de ahora y gracias a Thomas Harris, habremos de imaginarlos tan cultos, misteriosos, atractivos y geniales como Hannibal Lecter. El asesino serial de ficción que nació a partir de los crímenes de un mexicano llamado Alfredo Ballí Treviño.

Qué pena.