Un virevent (rehilete) a barlovento

Por ANDRÉS TAPIA

Una noche ya perdida, mientras caminaba con un amigo, pasamos por la casa de quien entonces era su novia, más tarde sería su esposa y hoy solamente la madre de su hija. “Mira” –dijo, y extendió su brazo derecho para señalar orgulloso el balcón del piso número tres de un edificio de departamentos–, “ese rehilete yo se lo regalé a Adriana”.

En efecto, sobre una jardinera con muy pocas flores, sobresalía ese juguete singular y extraño que es un rehilete. Alcé la mirada y apenas descubrirlo mi mente tomó una fotografía: la noche, un balcón, un apartamento apenas iluminado y, sobre el borde de una jardinera casi desértica, un artefacto lúdico e infantil que por una extraña asociación de ideas me pareció un suicida… pero un suicida feliz.

Hace unos días, en ocasión de la reunión anual que suelo celebrar con mis compañeros de la universidad, le pregunté a mi amiga Andrea y a su hija Emma, cuál era la palabra francesa para rehilete. Andrea, que se casó un francés y vive con él y Emma en Cognac, Francia, no atinó a responder, si bien recordó haber escuchado la palabra hacía muy poco tiempo. Andrea preguntó entonces a Emma cuál era la voz francesa para rehilete. La niña, un prodigio de la inteligencia y la naturaleza, tampoco pudo responder.

“Pero la recordaré”, sentenció Andrea. “Y te la diré”.

A diferencia de lo que los seres humanos solemos hacer hoy en día, ni ella ni yo sacamos de los bolsillos el iPhone ni tampoco preguntamos al oráculo de Google por la traducción. Pero, aunque lo hubiésemos hecho, no habríamos llegado en ese momento a una definición concreta.

Andrea suele volver a México todos los años al final del invierno. Siempre viene con Emma y, a veces, con Christophe, su esposo. Esta última ocasión alteró su rutina anual y volvió en verano: su padre, enfermo de cáncer, fue sometido a sesiones de quimioterapia.

Rehilete, invierno, cáncer, verano, México, Francia, regreso… palabras cada una con un concepto y una acepción bien definidos y exactos. Pero sin una historia real detrás, hilarlas unas con otras apenas supone un incipiente ejercicio literario. Y nada más.

Andrea y Emma volvieron esta noche a Francia. Consciente de los horarios de los aviones que viajan a París, me dije que las llamaría poco antes de que partieran. No pude hacerlo: Andrea se me adelantó. Pero la suya no fue una llamada, sino un mensaje de Whatsapp: los tiempos cambian.

“Andresito, la palabra es virevent. La recordé al día siguiente. Me estoy quedando sin batería. Beso grande y desde el aeropuerto, y mucha suerte en tu portada de mañana. Te queremos”.

No existe propiamente una etimología para virevent (se pronuncia vi-re-van). Las definiciones que arrojan diferentes diccionarios de francés son variadas y confusas. La Académie Française no lo registra y asegura que el término es ilocalizable (Cette forme est introuvable!). El Dictionnaire de la langue française, mejor conocido como Littre, le asigna a virevent el significado de Martin-pêcheur, cuya traducción al español es Martín pescador, esa ave pequeña y colorida que se alimenta de peces pequeños que viven en estanques en Europa, Asia y África, y que para cazar suele postrarse en las ramas de árboles y arbustos no muy grandes, antes de sumergirse y atrapar a sus presas. WordReference.com es mucho más escueto y terminante: “No se ha encontrado ninguna traducción para virevent”.

Parecería casual que Antoine-Laurent de Lavoisier, el llamado padre de la química moderna, haya nacido en Francia, así como que su destino haya sido decidido por un invento francés: la guillotine. Lavoisier, junto con Mijaíl Lomonósov, es autor de la llamada Ley de la Conservación de la Materia, cuyo teorema, enunciado de manera simple para los mortales, asegura: “La materia no se crea ni se destruye, sólo se transforma”.

Las palabras, al igual que la materia, no se crean ni se destruyen, sólo se transforman.

El Bureau de la Traduction (http://www.btb.termiumplus.gc.ca), una página de Internet creada por el gobierno de Canadá, sí ofrece una definición para virevent: “Rabelais menciona el juego del moulinet, también conocido como el de los pequeños molinos. Los niños solían hacerlos en papel o cartón, y los ataban al cabo de un trozo de madera. La acción del viento los hacía girar o bien el niño provocaba su movimiento soplando frente a ellos. Hoy en día están hechos de plástico y hay vendedores que los ofertan a la entrada de los parques públicos”.

Una segunda y complementaria acepción refiere: “Virevent, figura de una de las fichas didácticas del juego de vocabulario L’auto-correct-art, de origen quebequés”.

L’auto-correct-art es, efectivamente, un juego didáctico de vocabulario en el que los niños aprenden a relacionar colores, números y líneas con palabras escritas en francés e inglés, amén de formar figuras geométricas cuya disposición semeja las formas de un rehilete.

Quizá con eso bastaría para explicar el porqué rehilete, en francés, no se conoce como moulinet, sino como virevent. Es sólo que la diosa etimología nos fustiga. Descompongamos la palabra virevent: Vire (de virer): virar, girar, torcer, cambiar. Vent: viento.

No tendría por qué tener relación, pero mientras investigaba la palabra virevent, otra palabra se apersonó en mi cabeza: barlovento. Los amantes de Moby Dick y Melville, y aquellos que alguna vez han viajado en un barco, saben que barlovento significa “Parte de donde viene el viento con respecto a un punto o lugar determinado”.

Un rehilete, para girar por sí sólo, sin el concurso del aliento de un niño, debe estar situado forzosa e inevitablemente a barlovento. De estar colocado a la inversa, a sotavento (costado de la nave opuesto a barlovento), no se moverá nunca.

Mi amigo y su esposa (también mi amiga), tuvieron una hija y se separaron tiempo después. Cada vez que camino frente a aquella casa, levanto la mirada en busca de aquel rehilete que, habiéndome impresionado tanto, me motivó a colocar uno en el balcón de mi casa en señal de promesa, regreso y bienvenida a la mujer que más he amado en mi vida.

No sé qué fue del rehilete que mi amigo regaló a mi amiga y me motivó a escribir esta historia. El mío, en cambio, aún permanece en el sitio que lo coloqué. Por él fue que le pregunté a Andrea y a Emma cuál era la voz francesa para esa palabra que en español proviene del verbo rehilar (zumbar), y que los québécois transformaron acaso para recordar que procedían del otro lado del Atlántico, justo del sitio de donde proviene el viento.

Y fue así como aprendí que virevent significa “donde gira, tuerce, vira, cambia el viento”. Que para girar un rehilete necesita estar situado a barlovento. Y que un rehilete, un virevent, un molinillo, como sea, es la manera más simple y pretenciosa que inventamos los seres humanos para decirle a alguien: “Feliz y girando esperaré siempre por tu regreso”.

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