La mañana de un domingo cualquiera

Por ANDRÉS TAPIA

Era la mañana de un domingo cualquiera.

Mucha gente había despertado ya y se dirigía con sus bicicletas a la principal avenida de la ciudad que precisamente ese día estaría cerrada al tránsito de automóviles. Si no hacían eso, entonces caminaban, periódicos en mano, a los restaurantes aledaños para reunirse con familiares o amigos y conversar acerca de los eventos de la semana que ya terminaba. En cualquier caso, al amparo de un café humeante y un desayuno compuesto por huevos fritos, revueltos o bañados en salsa picante.

Los menos, tal vez, o los más –quién lo sabe–, aún dormían tratando de apaciguar los desvelos y excesos propios de un sábado por la noche.

Pero ni unos ni otros y muchos menos los que aún dormían se percataron que fuera de un bar que en cualquier parte del mundo sería tildado de “mala muerte”, un grupo de personas cifrado en una docena fue introducido en un número similar de automóviles y trasladado a un sitio desconocido.

Ni unos, ni otros, ni los que aún dormían. Nadie. Algo difícil de concebir cuando se sabe que todo eso ocurrió entre las 10:00 y las 11:00 horas de la mañana.

Un par de días antes, a pocos metros de la puerta de un bar situado en un barrio no muy lejos de ahí, un hombre apareció muerto con un balazo en la cabeza. Era un hombre pequeño e insignificante, no precisamente insignificante por pequeño, sino porque su rostro y sus facciones eran tan comunes como la mañana de cualquier domingo.

El hombre pequeño vestía una camisa a rayas grises y blancas, vaqueros azules, calcetines en color blanco y zapatos marrón claro. Sobre su pecho y su vientre se percibía una enorme mancha de sangre y tenía el rostro deformado, producto del tiro que le fue disparado a quemarropa justo detrás de la cabeza. Estaba recargado en el tronco de un árbol y, de no ser por la sangre que exhibía en su cuerpo, cualquiera hubiese pensado que se trataba de un parroquiano pasado de copas que se quedó a dormir la mona a la intemperie.

El hombre pequeño e insignificante tenía un nombre insigne: Horacio Vite Ángel. Cualquier escritor que se precio de serlo sabría reconocer en ese nombre los atributos poéticos de un personaje principal –o incidental– de una novela policiaca. Pero no así en el hombre mismo: bajito, ya se ha dicho, ligeramente obeso y con el cabello cortado casi a rape… con muy mal gusto.

Horacio Vite. Pequeño. Insignificante. Obeso. Nadie, si siquiera sus padres, habrían podido reconocerlo en medio de una multitud. Pero alguien sí lo hizo.

Vite ingresó la noche del 24 de mayo a un bar llamado Black situado en el barrio de la Condesa en la Ciudad de México. Había quedado con su novia, una camarera del lugar, de encontrarse ahí. Pero quizá eso fue una mentira –o un pretexto– o algo así. Lo que Vite pretendía, en realidad, era vender los paquetes con polvo blanco que llevaba escondidos en alguna parte de su obeso cuerpo.

Alguien se dio cuenta. Alguien. Y de ser cierto que tenía una novia como camarera en ese sitio, y que acudió a verla, es probable que haya sido ella misma la que lo delató con un par de hombres que vigilaban la puerta. Cuando Vite, Horacio Vite –el hombre pequeño e insignificante que era cuando estaba vivo– intentó abandonar el lugar, esos hombres lo detuvieron.

Uno de ellos extrajo de los bolsillos de su cazadora –una cazadora vulgar, pasada de moda, fuera de temporada y tan barata como su propia mierda– un teléfono e hizo una llamada. En ese momento dos hombres más, tan vulgares como el propio Vite aunque sin nombres tan insignes como el de él, le flanquearon el paso. Después, una cámara de seguridad que observaba la escena se tornó a negros.

Vite apareció poéticamente muerto al día siguiente: recargado en un árbol, en la misma pose en la que Calvin, el niño de la historieta “Calvin & Hobbes”, de Bill Waterson, solía leer sus historietas acompañado de Hobbes, su tigre de trapo.

Pero Vite, Horacio Vite, el hombre pequeño, insignificante y obeso, tenía amigos poderosos. Tanto que la mañana de un domingo cualquiera 12 –quizá 13– personas desaparecieron sin que nadie –y nadie implica al verano, al viento, a la policía, a los ciclistas, a los parroquianos que beben cafés, leen periódicos y desayunan huevos con salsa picante– se haya dado cuenta de nada.

Dicen que los amigos y familiares de los 12 –o 13– que desaparecieron dos días después de la muerte de Horacio Vite, se presentaron en el cuartel de la policía al día siguiente de la desaparición, es decir, el lunes 27 de mayo del año 2013. Es sólo que en la prensa no hay registro de una denuncia masiva de desapariciones ese día. Lo que sí hay es una protesta multitudinaria en una avenida de la Ciudad de México cuatro días después: cerca de 300 personas denuncian la desaparición de 12 –o 13–  individuos, hombres y mujeres, de edades que van desde los 16 hasta los 35 años.

Tras la muerte de Horacio Vite pasaron tres meses. En ese tiempo la policía de la Ciudad de México capturó a varias personas que presumiblemente tenían que ver con la desaparición de los 12 –o 13– que se evaporaron en el aire. Pero nadie le creyó a la policía. Y tampoco nadie le creyó a los familiares y amigos de los desaparecidos. Alguien, o todos, mentían. Y sólo ellos son capaces, si tuvieran un poco de decencia, de perfilar la verdad.

Hace unos días, 13 cadáveres en avanzado estado de descomposición fueron localizados en una fosa clandestina situada en una localidad cercana a la Ciudad de México. Las investigaciones de la policía federal indican que se trata de las mismas personas que desaparecieron ese día en que la gente despertaba, cogía su bicicleta, compraba periódicos y desayunaba huevos fritos, revueltos o rancheros.

Doce o trece personas que se evaporan, igual que los asesinos de Horacio Vite, y nadie los ve o siquiera imagina.

El día en que nadie se dio cuenta de nada.

La mañana de un domingo cualquiera.

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