La insoportable (y pesada) estupidez del ser mexicano

Por ANDRÉS TAPIA

Mi auto no alcanzó a cumplir un mes tras haberlo comprado, cuando un individuo en sus 50, con barba, bigote y una calvicie incipiente, lo golpeó en la parte trasera derecha.

La fatalidad es inherente a México y también su hermana gemela: la resignación. Sin embargo, chocar un auto detenido que aún no acaba de abandonar la rampa de un estacionamiento subterráneo, cuando toda la circulación de una calle está detenida y no hay manera humana de avanzar, además de afrenta supone una estupidez mayúscula.

Viví en la ciudad de Berlín en el año 2001, y recuerdo con mucha claridad haber contemplado un accidente automovilístico en el cruce de la Glinkastrasse y la Behrenstrasse, en el que la conductora de una SUV lloraba con desesperación y rabia por el daño causado a su auto. Un hombre joven, apesadumbrado, culpable del incidente, se mantenía en silencio, apartado, con una mueca de angustia en el rostro, tal y como si hubiese matado a alguien. El daño, si me lo preguntan, estaba muy lejos de implicar “pérdida total” y las lágrimas de la conductora alemana.

Quien conoce a los alemanes sabe que son muy aprehensivos. Y si se trata de sus autos, mucho más (la SUV de aquella mujer, para empeorar las cosas, era de la marca Mercedes Benz). Pero este texto no pretende ahondar en las notables complejidades del ser alemán, sino en la insoportable (y pesada) estupidez del ser mexicano.

Conseguir una licencia de conducir en Alemania no es algo sencillo: supone aprobar un exhaustivo examen de conducción. A los ojos de un mexicano, tan acostumbrado a padecer los excesos de la burocracia, exhaustivo puede parecer una exageración “pasable”. Pero si tan sólo supiera que los vendedores de carreolas para bebés en Alemania, antes de contarles a sus clientes de las bondades de sus productos, suelen advertirles: “¿Desea la explicación de dos horas o la corta de tan sólo media hora?”, seguramente se lo pensarían dos veces.

Quizá al decir exhaustivo he exagerado, después de todo sólo se necesita responder a 30 preguntas para aprobar y aprender unas cuantas señales de tránsito. Sin embargo, esas 30 preguntas forman parte de un todo de 1,000 preguntas… ¡y uno no sabe cuáles 30 de aquellas 1,000 aparecerán en el examen! Por si no bastara, cada pregunta tiene un valor, siendo el máximo de cinco puntos y el mínimo de uno. Responder erróneamente a dos preguntas de cinco puntos, sin importar que las 28 restantes hayan sido respondidas acertadamente, supone reprobar invariablemente el examen.

El costo de una licencia de conducir para un extranjero en Alemania (que cuente con una licencia expedida en su país), es de 730 euros (unos 13,000 pesos); el correspondiente a un alemán es de 1,700 (30,000 pesos).

En México, en cambio, el costo de una licencia de conducir, por ejemplo, en la Ciudad de México, para naturales y extranjeros es de tan sólo 652 pesos (casi 37 euros). Ah, y no hay examen alguno que aprobar.

¿Tener una licencia y saber conducir –sea en México o en Alemania– son factores de inhibición de la impericia, la estupidez y el abuso? No necesariamente, pero si en la Ciudad de México aplicase el reglamento de tránsito de Alemania y sus infracciones consecuentes, un conductor no se atrevería a violar una luz roja, so pena de pagar una multa de 125 euros (2,200 pesos), dejar varado su auto seis meses y circular durante ese periodo en transporte público: ese es el tiempo que le sería retenida la licencia.

Conozco a más de un amigo, a más de un familiar, a más de un conocido, que en México conduce un automóvil sin tener licencia para ello. Parecen ignorar que de ocurrir un percance, la compañía aseguradora de su vehículo no les pagará nada… concediendo, además, que tengan asegurado su auto (hace unos años, una amiga que hoy vive en Londres decidió viajar a una ciudad vecina de la Ciudad de México justo al día siguiente que venció el seguro de su auto; a la mitad del camino, tuvo un accidente. Ella resultó ilesa, pero el diagnóstico de su auto fue pérdida total).

Nací en México y consecuentemente soy mexicano. Por ello sé y estoy consciente (por muy absurdo que pueda parecer), que jugar a la ruleta rusa es uno de los pasatiempos comunes de la gente de mi país, tanto como el fútbol (otro pasatiempo extremo), de modo que no pronunciaré sermón alguno en contra de aquellos que carecen de licencia de conducir y no suelen considerar importante asegurar sus autos.

Sin embargo, va más allá de mi entendimiento el que un individuo suponga, “piense”, imagine, sueñe, calcule (y todos los verbos que tengan lugar), que un auto de cinco metros de largo tenga cabida en un espacio de 4.80 metros.

Una mañana de borrachera de hace unos meses, mi amigo Mael Vallejo y yo salimos de casa de otro amigo, Carlos Pedroza, y unos pasos antes de llegar a la puerta del patio, contemplamos cómo una SUV (conducida por una mujer y guiada por un hombre que había descendido de ella), intentaba estacionarse detrás de mi auto, en un espacio que en una mente limpia y lógica era descaradamente insuficiente. La mujer golpeó dos veces el parachoques de mi auto, siempre auspiciada por su “guía”, y a ninguno de los dos pareció importarles nada.

Hace apenas unos días, mi auto, con tan sólo seis meses de edad, apareció con un raspón justo en la misma parte en que un idiota (con la circulación detenida, mi auto detenido, el universo detenido, su mente detenida…), lo golpeó cuando ni siquiera cumplía con 100 kilómetros de rodaje.

MI diagnóstico fue muy simple: la persona que lo perpetró no supo calcular la distancia entre su parachoques y el mío al momento de abandonar una posición de parqueo. Supongo le supuso calcular la distancia que existe de la Tierra a la Luna en la calculadora de un reloj Casio.

Diría que me molesté… Y sí, un poco, pero luego me abandoné a la cavilación relativa al tamaño de la imbecilidad que debe padecer una mente para suponer que tres contiene a cuatro, que el pisar el acelerador provocará que el Universo se ponga en marcha, y la primavera llegue en dos meses cuando faltan seis, y en la insoportable (y pesada) estupidez del ser mexicano.

Y no, no quiero irme a vivir a Berlín, ya conozco su nacionalismo de mierda (no el de Berlín, sino el de aquellos que me están maldiciendo ahora) y sus razones estúpidas. Tan sólo pido, y lo pido muy encarecidamente, que un observador externo y neutral revise las esquinas de los parachoques de los autos en la Ciudad de México y los cuente.

Sin temor a equivocarme, la cifra resultante, en ningún caso ínfima, equivale al tamaño de la insoportable (y pesada) estupidez del ser mexicano.