El ladrón que se robó “El arpa de hierba”

Por ANDRÉS TAPIA

A Jacobo Salleh, el único amigo con el que sería feliz en una juguetería

Hace algunos años me robé un libro de la Biblioteca Benjamín Franklin de la Ciudad de México, un libro que nunca devolví. Se trata de una edición de 1980 de El arpa de hierba, de Truman Capote, publicada por la editorial Arcos Vergara y que aún hoy –con las pastas casi desprendidas, las hojas amarillentas como la hepatitis más cruel y todavía el sello, el chip metálico y la ficha bibliográfica– me acompaña.

No abundaré mucho en las razones y motivos de mi felonía, baste decir que ese libro y dos más me mantienen presente en la lista de los ladrones de libros más buscados por los Estados Unidos. Pero tampoco me excusaré por ello: crucé la línea y soy un criminal, aunque si el día de mañana vienen por mí –¿no sería maravilloso que el robo de libros fuese un delito de lesa humanidad y no prescribiese nunca?–, no me avergonzaré por ello.

Sin embargo, he de decir que hacia la parte final de la novela se hallan dos párrafos extraordinarios en los que el lector, invariablemente, se detiene y permanece ahí como si se tratase de la última planicie que existe antes de llegar a la cima del Monte Everest; en ellos cifro la razón más contundante por la que nunca devolví El arpa de hierba. Capote, en voz de su narrador, un chico llamado Collin Fenwick (alter ego de la infancia de Capote), escribe:

He leído que el pasado y el futuro son una espiral una de cuyas vueltas contiene a la próxima y predice su forma. Quizá sea así, pero mi propia vida me ha parecido más bien una serie de círculos cerrados, anillos que no corresponden a la libertad de una espiral. Para mí, pasar de uno a otro de esos círculos significaba un salto, no un deslizamiento suave. Lo que me debilitaba era el intervalo entre ellos, la espera mientras no sabía a dónde debía saltar. Tras la muerte de Dolly estuve como suspendido, sin saber a dónde saltar, durante mucho tiempo.

Mi única intención era pasarlo bien.

Si la vida no es una espiral o una serie de círculos cerrados como aventura Capote, por lo menos lo parece. Y está compuesta de ciclos cuyo espaciamiento en ocasiones parece estar artificiosamente determinado y en otras resulta tan sólo azaroso. En uno u otro caso, personas, personajes, historias y situaciones se reúnen de nuevo en el tiempo y la historia para hacer las veces de ecos de un pasado que ya no existe, pero que no se ha marchado del todo.

Hace unos días buscaba afanosamente una fotografía mía de cuando era niño; no pude hallarla. Obsesivo como soy, me conformé pensando que tendría que estar en casa de mi madre y que alguna vez, cuando la visitase, le pediría permiso para hurgar en los armarios con tal de hallarla. Luego, también, como ocurre con los obsesivos cuando sus obsesiones no son resueltas, la olvidé.

No mucho después, recibí un mensaje de una mujer a la que amé en el pasado. Llanamente me decía que tenía algunas cosas mías y que quería enviármelas. Lo único que atiné a preguntar fue “¿Qué cosas?”. Ella respondió: “Tu fotografía de niño, una novela y unos periódicos”.

Mi amigo José Ramón Huerta suele decir que no existen las coincidencias, pero a falta de otro concepto u otra palabra en esta ocasión tengo que intentar contradecirlo.

El domingo pasado escribí un mensaje anticlimático a propósito del Día de las Madres, el cual en México y otros países de la región se celebra el 10 de mayo; contrariamente a mis intenciones, dicho post fue muy celebrado. A partir del mismo recibí un mensaje de una muy querida amiga, Patricia Islas, quien vive en Suiza y la que hace tiempo no veo. Hace seis años ella y yo visitamos juntos Londres, y entonces le conté que estaba trabajando en una novela.

El propósito original de ese viaje, al menos el mío, era el de realizar una investigación in situ para mi novela. Además de eso, pude también reencontrarme con Paty, a la que no había visto por lo menos en 10 años.

La mañana de ayer recibí una notificación en mi página de Facebook: “El día de hoy tienes recuerdos con Patricia Islas”. Que tales recuerdos sean una fotografía que Paty y yo nos tomamos en Green Park una soleada y maravillosa tarde de primavera es tan sólo una coincidencia; que ocurra exactamente a seis años de nuestra visita a Londres y que incida con esa correspondencia epistolar errática, subrepticia y casi inexistente que mantenemos ella y yo, me hace pensar que José Ramón verdaderamente tiene razón. Y que los ciclos, como las espirales y los círculos cerrados, existen.

Aquel mayo de 2009 Paty volvió a Suiza, yo permanecí en Londres tomando notas para mi novela mientras recorría a pie y sin descanso gran parte de la ciudad. Unos meses más tarde, en el otoño, en un cine de la Ciudad de México al que asistí con una “amiga”, extravié mi mochila y dentro ella mi cuaderno que contenía todas las notas que había tomado en Londres en mayo de ese año. Aunque había escrito una buena parte, mi novela se fue al demonio. Y simplemente la dejé.

El 14 de mayo de 1968, es decir, hoy hace 47 años exactos, yo tenía tres meses y dos días de haber nacido. Ese día, en la ciudad de Nueva York, John Lennon y Paul McCartney, en la que sería una de sus últimas apariciones juntos, se presentaron en el programa de Johnnie Carson, The Tonight Show.

Carson no estaba presente esa noche, de modo que el conductor invitado fue Joe Garagiola. Hacia el final de la entrevista, Garagiola dijo que su canción favorita era “Yesterday” y preguntó a Paul cómo la había escrito y qué lo había inspirado. “No lo sé”, respondió McCartney. “Desperté una madrugada y fui al piano… empecé a tocar y me vino esa tonada a la cabeza. Porque eso es lo que ocurre… repentinamente llegan esas cosas. Y entonces llegó y yo no podía pensar en una letra apropiada para esa melodía… De modo que originalmente se llamó ‘Scrambled Eggs’. Y (‘Yesterday’) se llamó así por un par de meses”.

El 12 de febrero pasado, día de mi cumpleaños, durante una comida familiar mi madre me mostró un portallaves en forma de pez que yo hice en el kinder y le regalé, siendo niño, un 10 de mayo. Tres meses más tarde busco una fotografía de ese tiempo y no la encuentro; azarosamente alguien de mi pasado aparece para devolvérmela. Al mismo tiempo, una amiga con la que me reecuentro de una manera un tanto accidentada en Londres y que se entera que trabajo en una novela, reaparece en mi vida exactamente seis años más tarde.

Seis años más tarde, también, he vuelto a trabajar en esa novela que comencé a escribir la primavera del año 2009.

El primer capítulo, que escribí exactamente hace seis años, narra la historia de un hombre que despierta a mitad de la noche con una tonada en la cabeza, corre al piano y comienza a tocar. Ese hombre, en mi novela, es Paul McCartney. Y el título de ese capítulo es “Yesterday”.

En El arpa de hierba, el primer libro de los tres que robé de la Biblioteca Benjamín Franklin, Truman Capote escribe: …el pasado y el futuro son una espiral una de cuyas vueltas contiene a la próxima y predice su forma. Quizá sea así, pero mi propia vida me ha parecido más bien una serie de círculos cerrados, anillos que no corresponden a la libertad de una espiral. Para mí, pasar de uno a otro de esos círculos significaba un salto, no un deslizamiento suave.

Yo conocía la trama detrás de la canción “Yesterday”, pero hasta hace unos días ignoraba que fue hoy, hace 47 años, que Paul McCartey contó la historia por primera vez.

Si lo entiendo bien está ocurriendo un ciclo.

Ya lo pasé bien demasiado tiempo.

Es hora de saltar.

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