El camino de regreso al futuro

Por ANDRÉS TAPIA

El año de 1981, en una conferencia de prensa en Viena que ofreció Sony Electronics para anunciar la creación del prototipo del CD, el director de orquesta austriaco, Herbert von Karajan, estuvo presente en la misma. Ocurrió así porque Karajan estaba convencido de las bondades de este nuevo formato de grabación, que en un principio podía almacenar hasta 60 minutos de música continua, lo cual permitía escuchar sinfonías completas sin tener que interrumpir la obra para dar vuelta al disco como ocurría con los vinilos.

El nuevo formato había sido desarrollado conjuntamente por Philips y Sony, y el primer prototipo disponía de un diámetro de 11.5 centímetros y una capacidad de 14 bits. Sin embargo, el CEO de Sony, Norio Ohga, pensó que 60 minutos no eran suficientes e instó a ambas partes a desarrollar un disco de 12 centímetros (la medida actual), 16 bits y una duración consecuente de 74 minutos. La razón detrás de ello no era propiamente una de valor agregado.

Sin que los historiadores se pongan de acuerdo, se arguyen tres versiones cuyo común denominador es la Novena Sinfonía de Beethoven, cuya duración promedio de ejecución es de 74 minutos. La primera es que se trataba de la obra musical favorita de Ohga; la segunda, que la esposa de Akio Morita, presidente de Sony, también sentía predilección por la última sinfonía del genio alemán; y la tercera, que Herbert von Karajan (cuya discográfica era PolyGram, una subsidiaria de Philips) lo exigió así para poder grabar y escuchar la obra completa sin interrupciones.

Si la influencia de Karajan llegó a tal extremo, es aún un asunto sujeto a debate; de lo que no queda duda es que su convicción e impulso fuerpn definitivos para que el CD reemplazase en tanto formato de grabación y reproducción a los discos de vinilo o gramofónicos –cuya existencia databa de finales del Siglo XIX– y que a partir de la implementación de la grabación eléctrica en 1925, reemplazaron por completo a los cilindros para fonógrafo.

A Karajan y a la Filarmónica de Berlín les correspondió el honor histórico de grabar ese 1981 el primer CD que habría de comercializarse; a Richard Strauss y la Sinfonía Alpina, el de ser el primer compositor y la primera obra digitalizada; por entonces, el director de orquesta nacido en Salzburgo tenía 73 años.

Es cuando menos paradójico que el impulsor del formato digital de grabación haya sido un anciano; pero lo es mucho más que sea la llamada generación de los Millenials –cuya edad promedio al día de hoy no supera los 30 años–, la que haya logrado que una especie que se creía extinguida hace aproximadamente dos décadas, haya vuelto a reproducirse y hoy repueble el valle de la nostalgia de un mundo que habiendo llegado al futuro, aún sigue corriendo frenéticamente hacia él.

De acuerdo a la British Phonographic Industry (BPI) y al sistema de información y rastreo de ventas de música y video Nielsen SoundScan, durante el primer semestre de 2015 las ventas de los discos de vinil se han incrementado 38% en los Estados Unidos en relación al último año, mientras que en el Reino Unido este incremento alcanza un dramático 56%. De continuar esta tendencia, esta última nación se aproxima a superar las ventas totales que alcanzó en 1994, año en que ciertamente los discos de vinil se hallaban ya en extinción.

Pero si dos golondrinas no hacen verano… ¿podrán hacerlo diez? De acuerdo al último reporte de la International Federation of the Phonographic Industry (IFPI), la organización que representa a la industria de las grabaciones nivel mundial, los diez países que lideran las ventas de discos de vinil en el mundo registraron el año pasado un incremento total de 54.7% en relación al anterior, lo cual supone pasar de 224,2 millones de dólares en 2013, a 346,8 en 2014 (ver ilustración). Captura de pantalla 2015-09-10 a las 0.38.52

No parece mucho si se piensa que, de acuerdo al mismo estudio, las ventas de discos de vinilo apenas representan el 2% del total que generó la industria mundial de las grabaciones en 2014, es decir: 14.970 millones de dólares.

La mayor parte de ese dinero proviene, por supuesto, de las ventas por streaming o descarga, música que se adquiere a través de teléfonos inteligentes, dispositivos portátiles, tablets, ordenadores o consolas de videojuegos. No queda duda, pues, que la brecha abierta por Steve Jobs y Apple con la creación del iPod, del iPhone y del iPad es imposible transitarla de regreso.

¿Por qué demonios entonces, desde el año 2006, una horda que crece día a día camina de regreso a la década de 1980 –acaso arrepentida de haber cedido a los designios de un sonido perfecto y diáfano– en busca de un ruido prístino y elemental?

Hace algunos años, David Bowie auguró que un día la música sería algo tan elemental y necesario para los seres humanos, que bastaría con girar una llave u oprimir un switch para que cayese como agua sobre una tarja o como la luz de un foco sobre una habitación oscura. Su profecía, con o sin la anuencia de Steve Jobs, se cumplió.

Es sólo que… ¿en dónde está la gracia de poseer algo que no puede tocarse?

En un par de minutos, cualquier ser humano que esté conectado a Internet puede hacerse del soundtrack de su vida sin haberse movido de sitio. Un par de segundos más tarde, pulsas “play” y el sonido de la nostalgia te invade… hasta que repentinamente deja de escucharse.

Habitantes de un nuevo siglo y de una nueva era, confiamos por completo en las señales que nos devuelven los satélites, sin importar si son coordenadas, guiños cibernéticos, imágenes trastocadas por la vanidad o la postmodernidad, o sonidos límpidos e inmateriales. En cualesquier caso, con emociones o sin ellas, están sujetas al filtro de una pantalla de LCD que permite verlas, jamás tocarlas.

Un fetiche, de acuerdo a la RAE, es un ídolo u objeto de culto al que se atribuyen poderes sobrenaturales, especialmente entre los pueblos primitivos (llegado a este punto, cojo entre mis manos el álbum en vinilo de Sandinista! de The Clash –un disco triple que se grabó en 1980 y cuyas dos ediciones, la antigua y la novel, no son fáciles de conseguir– y ejecuto con él, en derredor suyo, conmigo y consigo, una suerte de danza muy similar a la que perpetraban los nativos de Norteamérica en torno a una hoguera).

Sin estar consciente de que moriría ocho años después, Herbert von Karajan quiso perpetuar, sin cortes e interrupciones, la Novena Sinfonía de Beethoven. Y en un artefacto de 12 centímetros de diámetro, 16 bits de capacidad y 74 minutos de duración, pretendió la eternidad de lo que per se era eterno. Tuvo razón en ese momento… pero se equivocó.

Para ser sólo una moda, el revival de los discos de vinilo ya duró demasiado.

No me asusta el futuro, y creo que no asusta a nadie: mañana siempre, pase lo que pase, será mejor. Pero es tan etéreo, tan intangible, tan inmaterial, tan desprovisto de al menos tres sentidos (el tacto, el olor, el gusto), que lo encuentro muy pasado de moda.

Tengo mucho que criticar a los Millenials, más de lo que ellos puedan imaginar o pensar. Pero en este camino de regreso al pasado, al ser primitivo, primigenio y prístino voy con ellos de la mano.

Y quiero creer que al volver al pasado, estoy caminando sin darme cuenta al futuro.

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