La Navidad de Enrique Peña Nieto

Por ANDRÉS TAPIA

No debería contar esta historia… pero de cualquier modo lo haré.

La Nochebuena del año 2014, Enrique Peña Nieto ordenó a todos los empleados de la Residencia Oficial de Los Pinos, en la Ciudad de México, que se marcharan a casa. Se quedaría con sus hijos (Paulina, Alejandro y Nicole) y con las hijas de su esposa Angélica Rivera (Sofía, Fernanda y Regina), a celebrar la cena de Navidad. Dos, tres, cuatro, acaso seis guardias presidenciales pero no más, y un número reducido de soldados del Ejército Mexicano que custodiaban el perímetro, se encargarían de la seguridad del presidente de México y su familia.

Tal decisión no sólo fue su decisión: su esposa y él mismo habían llegado al acuerdo que todos los empleados deberían estar en casa con sus familias. Y lo mismo harían ellos.

La suya –la de él, la de ella, la de ambos– fue una decisión irresponsable. Es cierto: el cuartel de los guardias presidenciales se halla a una distancia mínima de la casa que habitan. En éste había acuertelados guardias suficientes para defender al presidente de la República. Pero si alguien hubiese querido hacerle daño, habría encontrado a las defensas descolocadas, con la guardia baja y desfasadas por lo menos 60 segundos para reaccionar en consecuencia.

A Enrique Peña Nieto y a su esposa eso no les importó. No sólo querían una Navidad íntima, sutil y limitada a sus seres más cercanos: también la querían para todos aquellos que diariamente hacen su vida llevadera.

Para ser una pareja cuestionada por el escándalo de poseer una residencia en el barrio de Las Lomas de Chapultepec –una de las zonas más exclusivas de la Ciudad de México–, adquirida a partir de un proveedor cercano a Enrique Peña Nieto cuando éste era gobernador del Estado de México, sin dejar de lado el escándalo tras la desaparición de 43 estudiantes de la Escuela Normal de Ayotzinapa cuya resolución aún hoy se halla en duda, el presidente y su esposa daban la impresión de recogerse y meditar para pedir en sus oraciones, que el destino de un país errante y lastimero –su país–, fuese otro y no el que en ese momento enfrentaban y padecían.

Y sí, no debería contar esta historia… la historia de la noche de Navidad de un presidente y la primera dama de un país que en los hechos que se cuentan todos los días parecen no darse cuenta de que la nación que gobiernan está cayéndose a pedazos. La historia del presidente, su esposa y las familias de ambos, que la noche más significativa de una de las religiones puntales de la historia del mundo, deciden ser cualquier familia y celebrar como casi celebran los desprotegidos, casi… Y sin embargo la estoy contando.

Es la historia de una familia que gobierna un país –una noche mística y religiosa–, una familia que decide y supone –supone y decide– que es igual a las demás familias, que las demás familias son iguales a ellos, y que en México sólo basta la compasión para dejar de ser y ser, al mismo tiempo, otro.

Llegado a este punto debo decir que esto no es precisamente una crítica, sino la revelación de un asombro.

Habitante de un país en el que las mentiras son moneda corriente porque la verdad es una divisa que se devalúa todos los días, encuentro en la historia que me fue relatada la tarde del 25 de diciembre de 2014 una trama apasionante: “Esta noche somos iguales, aunque no lo seamos, y nos merecemos estar en paz… aunque no lo estemos”.

Crítico exacerbado y recalcitrante de Enrique Peña Nieto por razones demasiado obvias que muchos colegas periodistas no quieren o no pueden ver –quizá porque son incapaces, al igual que el presidente, de citar de memoria tres libros leídos y sus autores–, encontré en la historia de Navidad de Enrique Peña Nieto y su familia un vínculo improbable pero posible: el que corresponde a un hombre que sin reconocer abiertamente su fracaso, se recoge en el más íntimo de los silencios, que no es otro más que el silencio de un hombre humilde.

Eso me gustaría que fuese Enrique Peña Nieto, a quien cuando fue elegido presidente de México le concedí a regañadientes el beneficio de la duda, muy a pesar de que fuese incapaz de citar de memoria tres libros.

Habrá quienes encuentren en este hecho sólo un elemento anecdótico, un detalle nimio e intrascendente, que nada dice y nada representa, pero el liderazgo –cualquier liderazgo, mucho más el de una nación–, debe sustentarse no sólo en los conocimientos pertinentes a un cargo o función, sino en el bagaje reunido y acumulado a lo largo de toda una vida. Es muy cierto que conocimientos los puede tener cualquiera, que la inteligencia es un bien escaso y que no todos la poseemos o la ejercemos, pero carecer de cultura implica carecer de sensibilidad. Y sin sensibilidad no se puede gobernar a un país.

De cara a los hechos ocurridos los pasados 12 meses, uno podría suponer que Enrique Peña Nieto carece de la más mínima sensibilidad: tardó días en dar una declaración acerca de los estudiantes desaparecidos en Ayotzinapa, y algo similar hizo cuando se filtró el escándalo de la llamada Casa Blanca; recibió a los padres de los jóvenes desaparecidos, sí, pero su actitud fue más la de quien extiende una cortesía inevitable que la de un mandatario preocupado por los hechos; tras la fuga de Joaquín Guzmán Loera, mientras él viajaba a Francia, su actitud fue tibia, laxa, cuando tendría que haberse mostrado enérgico, decidido y, acaso, furioso.

La sensibilidad que parece no tener, empero, afloró la noche del 24 de diciembre pasado, cuando órdeno a todos los empleados de la residencia de los Pinos que se marcharan a convivir con sus familias. Y lo hizo como suelen hacerse las cosas buenas: en silencio.

Quien me contó esta historia, aquella noche recibió también esa misma orden: “Retírese a su casa, con su familia”. Así lo hizo.

En tanto sociedad, México es una nación extraña y peculiar, acostumbrada a lo que nadie podría acostumbrarse: al dolor, la muerte, el caos, el desorden, las mentiras. Cambiar años de taras, atavismos, autocondescendencia e hipocresía, requeriría de un estadista culto y sensible, alguien capaz de empatizar con las necesidades, complejos, tragedias y virtudes de la nación que gobierna.

El día de mañana, cuando ofrezca su tercer informe de gobierno, Enrique Peña Nieto tendrá la oportunidad de ofrecer una disculpa al pueblo que gobierna, dejando con ello aflorar la sensibilidad que demostró en silencio en diciembre pasado. Sí lo hace y procede en consecuencia, este país podría empezar a cambiar.

De no ser así, aquella historia de la Navidad pasada, al igual que en A Christmas Carol de Charles Dickens, se perderá en la amenaza de lo que, vehementemente y en silencio, el tercer espíritu que visita a Ebenezer Scrooge en un sueño le señala y revela como el futuro.

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