Las lecciones sucias del corazón

A Mauricio Hammer

Por ANDRÉS TAPIA

Una mañana soleada del mes de octubre de 1997, en un galerón habilitado como sala de prensa en el Autódromo de los Hermanos Rodríguez de la Ciudad de México, un hombre joven de 29 años se puso en pie cuando David Ramírez, encargado de prensa de la discográfica BMG Ariola, levantó un micrófono para ofrecerlo a una centena de periodistas ahí reunidos. Lo hizo después de tres segundos, lapso en el que Ramírez agitó el micrófono en el aire con la mano derecha, mientras que con un ademán de la siniestra parecía preguntar “¿quién?”.

El silencio que cabe en tres segundos, en una conferencia de prensa, alude a la eternidad. Pero si quien oficia la conferencia de prensa es David Bowie, entonces la eternidad no tiene sentido.

En esos tres segundos, las dos preguntas que aquel joven periodista había ensayado como un mantra, se desordenaron cual si fuesen los vagones de un tren que cambian de railes. Cuando esa breve eternidad concluyó y alzó la mano y se puso en pie, sólo cabía esperar una colisión brutal. Para su fortuna, no ocurrió así.

David Bowie, en su primera y única visita a México, se extendió respondiendo ambas preguntas. Luego de eso, aquella improvisada sala de prensa semejó un bosque profuso de manos y brazos en el que el silencio no volvió a presentarse.

Un hombre algunos años mayor acompañaba a aquel periodista joven. Era rubio, barbado, y tenía la mitad del cabello perdido. Vestía de azul. Y si recuerdo bien la historia, siempre vistió de azul. Pero si no, por lo menos estoy seguro que esa mañana vestía de azul. Se llamaba –se llama– Mauricio Hammer. Cuando el reportero se dejó caer sobre su asiento, Hammer le musitó al oído: “Deberías estructurar mejor tus preguntas”.

No fue exactamente un regaño, tampoco un cuestionamiento, pero un poco de ambas cosas había en tal comentario. El reportero lo entendió, sabía que la emoción lo había traicionado. Bajó la mirada, miró al suelo; por toda respuesta, Hammer palmeó uno de sus muslos.

Al final de la conferencia, el reportero se acercó a una de las asistentes de prensa y le entregó la edición especial del disco Outside para que Bowie se lo autografiase; no era el más reciente, sino el inmediato anterior, en cuya promoción, Mauricio Hammer, empresario mexicano, judío, hijo de exiliados polacos de la Segunda Guerra Mundial, amante de la música y fan irredento de Bowie, había tenido mucho que ver.

Dos años antes, en 1995, cuando apareció Outside, Hammer, quien desde inicios de la década de 1990 editaba y publicaba la revista Círculo Mixup, recibió la encomienda, por parte de los ejecutivos locales de la discógrafica de Bowie, de publicar un cómic alusivo a un relato escrito por el propio Bowie, el cual acompañó a la edición del álbum. Hammer comisionó al extraordinario diseñador Pico Covarrubias el arte del mismo. Se título Art Crime: El Diario de Nathan Adler o el asesinato artístico de Babe Grace Blue.

El tiraje fue mínimo, mil o dos mil copias, no más que eso. Pero fue un éxito. Cuando el disco apareció, Hammer llamó a su oficina a aquel reportero joven, entonces de 27 años.

–Quiero que hagas la crítica del nuevo disco de Bowie –dijo. Hasta ese momento, aquel reportero joven que fungía como redactor en jefe no había recibido jamás una encomienda tan elevada.

Luego pasaron dos años, Bowie visitó México, y ofreció aquella conferencia de prensa

Cuando volvían a la redacción de Círculo Mixup –una oficina cutre, en un barrio cutre, dentro de un galpón que albergaba una imprenta de lo más cutre, pero al mismo tiempo el lugar más diáfano y feliz del Universo–, Hammer dijo a su redactor en jefe: “Estoy orgulloso de ti por las agallas que tuviste para hacer la primera pregunta a Bowie. Te invito a comer”.

Uno o dos días después –la memoria es imprecisa–, Hammer y su esposa, Pilar Ortega, asistieron en primera fila junto a su redactor en jefe, al único concierto que David Bowie ha ofrecido en México: octubre 23, 1997.

A partir de ese momento, pasó un año más. El joven redactor en jefe comenzó a escribir en otros sitios, amplió sus horizontes, diversificó su prosa e intereses. Prosa e intereses que, como un parásito, había pulido, robado, imitado, recreado y reinventado a partir del texto editorial que, mes con mes, Mauricio Hammer publicaba en la página tres de la revista Círculo Mixup.

Así fue como Pilar, la esposa de Mauricio, llegó un día y le dijo al todavía joven –y redactor en jefe– que tenía que tomar una decisión: “Publicas ya en muchos medios… y eso es bueno. Pero son ellos o nosotros”.

Llegado a este punto debo decir que el reportero joven que hizo la primera pregunta a David Bowie en aquella conferencia de prensa fui yo. Que si soy lo que soy –concediendo que sea algo, sea lo que sea– se lo debo a Mauricio Hammer. Que le robé –¡oh sí!– a fuerza de leerlo, analizarlo, entenderlo y soportarlo, la contundencia de su prosa hablando de historias simples; la histeria de su condición, de su historia, de su religión; su perfección, su cultura, su generosidad; sus taras, sus errores, sus desvarios; su indulgencia, su confianza, su inteligencia… su don, a final de cuentas, de líder extraordinario.

Pero, sobre todas las cosas, su capacidad de entrenar y formar talentos.

Mario Flores, Marcos Arellano, Javier G. García, Gina Vargas, Uili Damage, Pico Covarrubias, Alex Castro, Ricardo Bravo, Gian Carlo Araiza, Hugo Espinoza y algunos más que mi memoria no alcanza a nombrar, fuimos alumnos de Mauricio Hammer. Y por su culpa, hoy –maldito-bendito judío–, somos buenos profesionistas, buenos padres, buenos hijos, buenas personas.

Una semana más tarde de aquella conferencia de prensa de octubre de 1997, me fue devuelto mi disco de Outside firmado por David Bowie. La dedicatoria decía: To Andrew.

Cuando lo vio, Mauricio Hammer, mi jefe, mi amigo, como un niño desconsolado imploró que se lo regalase… así no estuviese dedicado a él.

Dolió, pero se lo di. Fue una lección sucia del corazón. Pero no me arrepiento.

Gracias, Hammer, por todos esos años.

Estás en mi corazón.

Y ahí te vas a morir.

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