La paradoja del tiempo (o el Flash del futuro)

Por ANDRÉS TAPIA

Barry Allen es Flash y vive en el pasado, en el presente y en el futuro. En el pasado es un niño que observa cómo un criminal que procede del futuro y pretende matarlo a él, asesina una noche a su madre. En el presente es un adulto joven que sufre un accidente en el que se mezclan la física y la química, y que a la postre lo convierte en un ser improbable capaz de correr a velocidades imposibles. En el futuro es un hombre maduro que ha comprendido que hay cosas que no pueden cambiarse… por muy dolorosas que sean.

El Flash del pasado ignora el futuro; el Flash del futuro sabe que es posible alterar la historia, si bien es consciente de que las consecuencias de ello pueden ser catastróficas; el Flash del presente, en cambio, que en su memoria ha atisbado retazos del futuro, cree que es posible volver en el tiempo y salvar a su madre de la muerte.

Por eso decide viajar al pasado, para evitar el asesinato de su madre, pero ahí se encuentra con su yo del futuro, quien le dice que no debe evitar el crimen de su madre so pena de alterar, para bien o para mal, toda su vida. El Flash del futuro, empero, que se ha hecho presente para evitar el asesinato del Flash del pasado y así poder existir, detiene al Flash del presente de su cometido para que la línea temporal entre pasado y futuro tenga continuidad.

La historia pertenece al universo de historietas de DC Comics, se llama Flashpoint (2011) y en su versión impresa constó de cinco números, mientras que en la cinta de dibujos animados que se realizó a partir de la misma lleva por título Justice League: The Flashpoint Paradox (Warner Bros Animation, 2013). Dicha trama también fue adaptada en la primera temporada de la serie de televisión The Flash de The CW Network.

La idea de viajar en el tiempo surge en la literatura y su novela fundacional es The Time Machine (1895), del escritor británico H.G. Wells, considerada uno de los primeros trabajos del género de ciencia ficción, si bien en la época en que fue publicada dicha categoría no existía como tal.

Wells nombra al protagonista de dicha trama El viajero del tiempo, y le hace trasladarse a un futuro que si en ese momento debió haberle parecido ridículo a sus lectores, en las historias de hoy lo sería mucho más: el año 802,701 d.C. Sobra decir que el viajero de Wells sólo puede desplazarse al futuro y volver a la época de la que partió, es decir, el presente.

La idea de volver al pasado aguardaría un poco más y surgiría entonces en el futuro.

Todo parece indicar que fue el escritor y periodista francés René Barjavel, con la publicación de Le Voyageur imprudent (1944), el primer autor en sugerir un viaje en el tiempo hacia el pasado. Barjavel, empero, fue mucho más allá al plantear lo que hoy se conoce como la “Paradoja del abuelo”, la cual se enuncia de la siguiente manera: Si alguien viaja de regreso en el tiempo y mata a uno de sus ancestros antes de que estos tengan descendencia, el viajero no puede existir y por lo tanto no puede matarlos.

A partir de dicha novela, la idea de viajar en el tiempo –hacia el futuro, hacia el pasado, hacia uno y otro tiempo y luego de vuelta al presente– fue explorada muchas veces. Ocurrió de manera tragicómica en Back To The Future (R. Zemeckis; 1985) y dramática en Terminator (J. Cameron; 1984), en la cual se aborda de manera directa la “Paradoja del abuelo”: en el presente de la trama, el año 2029, un robot es enviado al pasado para asesinar a Sarah Connor, la madre de John Connor, el líder de la resistencia humana que ha puesto en jaque a Skynet –la inteligencia artificial que rige como un sátrapa a los robots que amenazan con destruir a la raza humana–, con tal de evitar que éste nazca.

En contraposición a las anteriores, Time After Time (N. Meyer; 1979), inspirada abiertamente en la novela de H.G. Wells, plantea la creación de una máquina del tiempo que es robada por Jack The Ripper con tal de escapar de la persecución policiaca de la que es objeto. El creador de la máquina (el propio H.G. Wells) viaja al futuro para detener al criminal (lo cual eventualmente conseguirá) así como para recibir una bofetada con un guante blanco ensangrentado del arquetipo del asesino serial: “Hace 90 años yo era un demente, hoy tan sólo soy un aficionado”.

Hasta hoy, ninguna teoría física conocida concede la posibilidad de viajar en el tiempo, al menos como se ha descrito en líneas anteriores. Acaso, tan sólo la Teoría de la Relatividad de Albert Einstein sugiere una suerte de dilatación que puede ser considerada como un viaje en el tiempo, esto es: el tiempo deja de ser una constante universal absoluta para un observador inmóvil que contempla un reloj y para un observador móvil que contempla otro reloj y que hipotéticamente se mueve a la velocidad de la luz.

La literatura, para bien o para mal, no se rige por las leyes de la física y consecuentemente en ella el tiempo no es una constante universal. Por ello, en The Flashpoint y en Justice League: The Flashpoint Paradox, Barry Allen puede viajar al pasado para evitar que el niño que fue sea asesinado y él pueda existir en el futuro. Pero también para detener al Barry Allen del presente, ese joven adulto e inmaduro que supone e imagina que puede viajar al pasado para evitar que su madre sea asesinada por Eobard Thawne, el criminal que en realidad quiere matarlo a él y al no conseguirlo toma la vida de su madre.

Amante de la historia, miles de veces me he sometido al ocioso ejercicio de imaginar qué palabras diría si pudiese viajar al pasado para charlar con los profesores de la Escuela de Arquitectura de Viena, a principios del Siglo XX, con tal de convencerlos de que Adolf Hitler –tuviese talento o no, certificado de bachillerato o no– tendría que ser aprobado y promovido. Qué palabras diría si pudiese confrontar a Mark David Chapman la noche del 8 de diciembre de 1980, un poco antes de que John Lennon volviese al Edificio Dakota en el Upper West Side de Nueva York. Qué diría si pudiese charlar, un día antes del 2 de octubre de 1968, con los líderes del movimiento estudiantil de 1968 en México.

Y lo que imagino es una historia distinta, idealista, asimétrica… irreal.

Esposo de la literatura y la ficción, la noche del sábado pasado me convertí en Barry Allen, en Flash, y dividí mi vida en tres momentos: pasado, presente y futuro. En el primero fui un niño que se derrumba impotente ante una tragedia familiar, pero al que, por una anomalía llamada destino, se le concede la continuidad en la vida y en el tiempo. En el segundo, soy un adulto joven que piensa, supone, cree e imagina –erróneamente, por supuesto– que es posible revertir la tragedia de su infancia. En el último, soy un hombre maduro que ha comprendido al fin que, por muy injustas que sean, hay cosas que no pueden ni deben cambiarse.

En un acto que parece la supremacía del egoísmo, Barry Allen regresa al pasado para evitar su propio asesinato y así poder existir en el futuro. En un acto de humildad extrema, ese mismo Barry Allen evita que su yo anterior –el Barry Allen del presente– destruya la línea temporal que existe entre el pasado y el futuro… así sea a costa de la muerte de su madre.

Poco antes de que Nora Allen sea asesinada, a un costado de una autopista, con el auto averiado y la promesa de una caminata larga antes de encontrar ayuda, ella dice a su hijo: “Acepta las cosas que no puedes cambiar; ten el valor de cambiar las que sí puedes y la sabiduría para conocer la diferencia entre ambas”.

Esas mismas palabras escuché en el funeral de mi padre hace 13 años, cuando todavía yo era el Flash del presente.

Hoy soy el Flash del futuro y sé que, excepto cambiar mi historia y salvarme a mí mismo, no puedo ni debo cambiar nada y a nadie más.

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