Dime tu nombre, terrorista

Por ANDRÉS TAPIA

Mi nombre es Sandrine, por si te interesa, aunque casi estoy segura que no. ¿Me dirías tú tu nombre y me darías un minuto para tratar de entenderte? Quizá sean dos. O tres. Y acaso es posible que logre convencerte de que sean cinco o tal vez más. En todo caso, sea cual sea el tiempo que me concedas, debes saber que sólo lo utilizaré para intentar comprender porqué he tenido yo que coincidir hoy, aquí, contigo.

¿No? Ya lo veo. “¿Qué caso tiene?”, debes pensar. Para mí lo tiene porque me gustaría conocer el nombre de la persona que está a punto de acabar con mi vida, de matarme, a mí y a todos estos, pero no porque quiera recordarlo después de morir –concediendo de esa manera algo en lo que no creo: que la gente va a otro sitio luego de morir– para maldecirlo, maldecirte, o perdonarte –y debes saber que no lo haré–, sino tan sólo para intentar descubrir en ti un vestigio de humanidad al que pueda asirme y salvar así mi vida. Porque si bien estoy segura que para ti tu vida y la mía no son importantes, para mí la mía sí lo es.

Mi madre me nombró Sandrine por mi abuela, ese era su nombre. Y es el nombre que está inscrito en la lápida de su tumba. Lo estará también en la mía mañana, pasado, cuando al fin recuperen los restos suficientes de lo que aún soy y dejaré de ser. ¿Tu abuelo y tu padre se llamaban como tú? Tu mueca está de más: sé perfectamente que se trata de un acto de egoísmo supremo, de una tradición en esencia cursi y excesiva que anhela trascender a la muerte. ¿Por qué debo yo ser la continuación de una Sandrine de la que ciertamente desciendo, pero de la que me separa una generación, muchas costumbres, nuevas ideas, tiempos distintos?

Mi nombre me gusta, no la circunstancia en la que lo recibí. Pero, ahora que lo pienso, comienzo a entender que el concepto de eternidad es una tentación de la que ningún ser humano puede sustraerse… incluso tú.

¿Cuántas vírgenes son las que te esperan? Yo ya no soy virgen, pero en un acto extremo de sobrevivencia, o de nostalgia, o de egoísmo, haría contigo el amor ahora mismo porque sé que estoy a punto de morir.

Dime tu nombre de una maldita vez, y luego haz lo que tengas que hacer, lo que te ordenaron y de lo que te convencieron, porque no es tu voluntad la que obra sino la de tu maldito dios. Y ya que no tengo esperanza, que sepas: ¡me cago en tu dios, en el mío, en el de los otros! ¡En todos! Por eso estamos tú y yo aquí, en este momento, que va a terminar muy pronto. Mi dios, mis costumbres, mis creencias, ofendieron a tu dios, tus costumbres y creencias. Y tu dios y mi dios han ofendido al dios de los otros.

¿Y sabes algo? Yo no creo en dios. Ni en el mío, ni en el tuyo, ni en el de los otros. Dejé de hacerlo hace tiempo, cuando siguiendo al pie de la letra sus preceptos me di cuenta que nada ocurría: si en tu corazón hay bondad, la bondad de dios estará contigo; si en tu pensamiento hay justicia, la justicia de dios estará contigo; si eres decente… bla, bla, bla… Tuve un amigo, ¿sabes?, Germain. Un hombre decente, justo y bondadoso. Una noche de reunión en su casa, salió a despedir a una amiga común. Mientras lo hacía, un ladrón se apareció en un auto y con un revólver en la mano les ordenó que subieran: a ella la sentó en el asiento del copiloto mientras le apuntaba; a él, en el asiento trasero. Avanzaron un par de calles y mi amigo se abalanzó sobre el ladrón. Mientras forcejeaban, Germain le ordenó a ella que escapara; así lo hizo. Pero Germain no pudo escapar: el ladrón consiguió dispararle y murió.

Creo que fue en ese momento cuando decidí dejar de creer en dios. Tú… ¿has padecido el asesinato de un amigo, de un pariente, de alguien cercano? Y no, no tiene que ser precisamente cercano para que te afecte… Lo hayas vivido o no, te lo hayan dicho otros o no, en algún momento de tu vida decidiste que tu fe en tu dios tendría que ser un acto de lealtad suprema, y que llegarías incluso a quitarte la vida para agradarle. Y, bueno, ahora estás aquí, cubierto de explosivos junto con esos otros que están fusilando a la gente, esperando el momento en que en tu cabeza las palabras de tu dios resuenen para que al fin aprietes ese maldito botón y nos envíes a mí y a muchos más al infierno. Tú, en cambio, irás al paraíso, a tu paraíso, con tus setenta y tantas vírgenes porque así te lo dijeron los voceros de tu dios. ¡Pero no tu dios!

¿No te das cuenta? Tu dios, mi dios, el dios de los otros es solamente el personaje de un libro que escribió alguien que estaba terriblemente solo, o bien deseaba dominar a un grupo de personas haciéndoles creer que existía un ser todopoderoso capaz de cualquier cosa. Pero si son capaces de cualquier cosa, ¿por qué entonces nosotros seguimos siendo sus peones?

¿Me dirás ahora tu nombre o moriré sin nombrarte, sin que me nombres, y recordando los momentos en que quise nombrar a alguien y ser nombrada? Hace seis años, durante un viaje a Londres, me encontré en un tren con un hombre que me fascinó. Lo miré, me miró, y la guerra más grande de todas las guerras tuvo lugar en paz. En silencio le supliqué me nombrara; en silencio, estoy segura, suplicó ser nombrado. Cuando él llegó a su destino, descendió del vagón y se acercó a la ventana; yo quise descender, pero, por alguna estúpida razón que siempre maldeciré, no pude. A cambio, el besó sus dedos índice y medio y con ellos tocó el cristal. No puedo olvidar a ese hombre, y no conocí su nombre. Quizá si hubiera descendido y hubiese hablado con él, y hubiese tomado un café con él y luego hubiera hecho el amor con él y luego un día nos hubiésemos casado y tenido una hija, y nos hubiésemos ido a vivir juntos –por qué sé yo que absurda razón– a los Estados Unidos, no habría coincidido aquí, ahora, contigo y los designios de tu dios.

Pero no, no lo hice.

Ahora escucho las sirenas de los carros-patrulla, tú también las escuchas: la policía viene ya. Te tiemblan los labios, pero no es amor.

Antes de que oprimas el botón, antes de que te reúnas con tus vírgenes, déjame besarte para saber que fui Sandrine, la hija de mi madre, y la nieta de mi abuela, la adolescente cobarde que no se atrevió a descender del tren por aquel hombre maravilloso en Londres. Y la mujer valiente que hoy, en el umbral de su muerte, te pide lo que tu dios y sus voceros no te dijeron antes de empujarte al cadalso:

Dime tu nombre, terrorista…

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