Sólo dañamos a los demás cuando somos incapaces de imaginarlos

Por ANDRÉS TAPIA // Foto: LEONARDO MUÑOZ (EPA)

Conocí a Enrique Patiño los últimos días de febrero de 2001 en la ciudad de Hamburgo, Alemania. Tanto él como yo y otros ocho periodistas latinoamericanos (Maricel, Malena, María Elena, José Luis, Marcelo, Ana, Ligia y Eduardo), habíamos sido seleccionados por el Internationale Journalisten-Programme para pasar una temporada en Berlín colaborando en un medio de comunicación afincado en esa ciudad.

La IJP nos proporcionó una suma que amparaba los billetes de avión, así como el costo de una estancia promedio para renta y alimentos. Tuve la suerte de entrar en contacto, a través de Martin Spiewak, el director del programa, con Araceli Vicente Álvarez, una profesora que daba clases de español en Berlín. Intercambiamos algunos correos electrónicos y ella accedió a hospedarme en su casa: un apartamento ubicado en el número 46 de la Görlitzer Strasse, en el barrio de Kreuzberg.

Mi estadía estaba resuelta antes de viajar a Alemania; la de Enrique y José Luis Rumbaut, nuestro colega cubano, no.

A casi 16 años de distancia he olvidado algunos detalles, entre ellos cómo fue que Enrique y yo acabamos siendo compañeros de habitación, pero supongo que, en algún momento de los días que pasamos en Hamburgo, acaso le comenté que tal vez sería posible que se hospedase también en casa de Araceli. Supuse que podría ser así porque una amiga mía estaría de visita en Berlín por espacio de unos días, y Araceli había accedido a hospedarla.

Esa es la versión estructurada que aparece en mi memoria. Hay otra, empero, mucho más accidentada. El día que los diez becarios de la IJP arribamos a Berlín procedentes de Hamburgo, justo a la estación de trenes de Zoologischer Garten, nos dividimos y restamos en diferentes grupos. Marcelo Kries, José Luis y yo, nos trasladamos juntos a la casa de un conocido del primero a aguardar, no recuerdo qué. Ese día, empero, en algún momento los dejé para ir a recoger al aeropuerto a mi amiga. Cuando volví, ellos no estaban y yo decidí –no sé por qué lo decidí– que debía llevarme conmigo sus maletas.

Subir los 100 escalones que mediaban entre el primer piso y el apartamento de Araceli, cargando maletas que su conjunto debieron aproximarse en peso a 150 kilos, fue una proeza, máxime que lo hicimos únicamente entre Araceli, Maru y yo. Y creo recordar que acaso mientras esperábamos al resto del grupo, pregunté a Araceli si habría espacio para Enrique, que acaso es posible que haya pasado algunos de esos primeros días en casa de un ex becario de la IJP.

Tal vez fue así, o quizá de otra manera que no recuerdo. Pero de una u otra forma Enrique y yo terminamos viviendo juntos en casa de la salmantina Araceli Vicente.

Delgado, casi rubio, y poseedor de un semblante apacible, Enrique me parecía, en contrapunto, tan atormentado como yo. Hombres de letras ambos, acaso habíamos logrado contener a los demonios que nos habitaban. Pero contener es una cosa; dominar, otra.

Los fines de semana, cuando no había trabajo ni tampoco mucho por hacer, Enrique y yo solíamos dar un paseo por los alrededores de Kreuzberg, por el Görlitzer Park. Y comíamos una hamburguesa, pizza, lo que fuese, siempre y cuando no fuese muy caro.

Una tarde, mientras andábamos por ahí o teníamos de por medio la mesa de un restaurante, en nuestra conversación surgió el tema del conflicto armado en Colombia, país en el que había nacido Enrique, y las FARC. ¿Cómo podía una guerrilla –seguro pregunté– cuya bandera era la igualdad social ser protagonista de crímenes tan atroces? Y así, de la nada, a partir de esa chispa, Enrique me contó que nueve años antes su hermana Clara había sido secuestrada y desaparecida.

¿Las FARC? –pregunté. Enrique asintió: “Eso es lo que creemos”.

Seguro que hice los cientos de preguntas que Enrique y su familia se hicieron siempre y que no conducían a nada: ¿Está viva? ¿Muerta? ¿Se unió por convicción a la guerrilla? ¿La obligaron a hacerlo? Supe, sí, y no puedo precisar porqué, que Enrique me había hecho una confesión difícil, algo que no se cuenta a cualquiera.

Los últimos días del invierno y los primeros de la primavera del año en el que el Mundo cambiaría para siempre, los miembros de la generación 2001 de la IJP volvimos a casa. Nos prometimos no separarnos, vernos alguna vez, recordarnos siempre. Y aunque esporádica y no tan frecuentemente como hubiésemos querido, algunos de nosotros hemos protagonizado varios encuentros a lo largo de los años.

Enrique continuó con su carrera, se diversificó haciendo fotografía, y publicó varios libros, entre ellos Ni un paso atrás, un relato novelado de la vida de Luis Carlos Galán, el político de Nuevo Liberalismo asesinado por Pablo Escobar Gaviria y el Cártel de Medellín el año de 1989.

Hace unos días, el 20 de septiembre pasado, en punto de las 10:15 horas, horario de la ciudad de Bogotá, Colombia, Enrique Patiño escribió en su página de Facebook:

Hace 25 años, mi hermana Clara desapareció. Fue empujada a la fuerza a un vehículo que se la llevó para siempre.

Todo este año he lidiado con su historia de ausencia para poder narrarla bien.

Ahora, su novela está lista.

“Sólo dañamos a los demás cuando somos incapaces de imaginarlos”, escribió alguna vez Carlos Fuentes. El domingo pasado, imaginé a Enrique votando “No” en el plebiscito impulsado por el presidente Juan Manuel Santos, para sellar de esa manera el acuerdo de paz entre el gobierno colombiano y las FARC.

Es sólo que Enrique votó por el “Sí”. Lo supe pues apenas enterarme de la victoria del “No”, visité su página de Facebook y leí esto:

Tenemos el país que nos merecemos: el que se ancla, el que no progresa, el que repite sus errores, el que reza y peca pero señala y no perdona: el más feliz del mundo y el más inconsciente de todos.

No pretendo en modo alguno involucrarme en los sentimientos de una nación cuya historia está llena de división, muerte y tragedia. Una nación, sin embargo, tan parecida a México, que la tentación es franca e irresistible.

Se diría que el Sí es el camino a la luz, que el No es el regreso a la oscuridad. No estoy seguro de ninguna de las dos cosas, pero si me imagino en la posición y circunstancias de Enrique, me pienso votando No.

Pero ese soy yo y mis taras sin representaciones, el que por fortuna no ha sufrido la desaparición de un ser querido y cercano, y el que incluso imaginándolo no ha sufrido lo que imagino han sufrido Enrique y su familia ante la ausencia de Clara.

Habitante de la oscuridad que supone el ser víctima de un crimen, Enrique Patiño, mi amigo, es capaz de encender con dos piedras una antorcha para hacer desaparecer la noche y alumbrar el camino.

La luz de esa antorcha puede parecer poca e insignificante. Pero, al final, su destello nos ilumina a todos.