El Buffon que fue un cavaliere

Por ANDRÉS TAPIA

A mi hermano Pablo. A mi primo Tavo. A mis amigos Roberto, José Ramón, Rogelio e Iván…

Alguna vez, Björk definió al fútbol de la siguiente forma: “El fútbol es un festival de la fertilidad: once espermas tratando de alcanzar el óvulo… Siento pena por el portero”. Citar las palabras de la cantante islandesa no es un acto oportunista en coincidencia con la primera ocasión en que la selección de Islandia participará en una Copa del Mundo: de alguna retorcida, estrafalaria y genial manera –tal y cual es ella– definen el oficio, el arte y la posición de un arquero.

Björk, sin embargo, no fue la primera en advertir la soledad a la que está sometido el único jugador que puede hacer uso de sus manos en el campo de juego. En Speak, memory, un libro de memorias publicado en 1951, Vladimir Nabókov definió a la figura del portero de la siguiente manera: “El portero es un águila solitaria, un hombre misterioso, el último defensor. Más que un guardián de la portería, es el guardián de los sueños”. Nabókov aludía a su tiempo como guardameta en el equipo Trinity College de la Universidad de Cambridge a inicios de la década de 1920.

Sólo quien ha ejercido la posición de portero conoce de la soledad, el hastío y el sufrimiento de estar situado en la última línea del campo, de pasar minutos eternos deseando no intervenir jamás en el juego, a la vez que aguardando por una oportunidad para ser el héroe.

Siendo niño encontré en una portería formada por dos piedras, la soledad a la que muchos años más tarde vincularía, al igual que Vladimir Nabókov, mi individualidad y mi destino de ser escritor. Sin ser del todo incapaz del arte de conducir una pelota, burlar adversarios y conseguir goles, descubrí que poseía reflejos naturales y una intuición casi mesiánica para detener los disparos de los contrarios. Pero, mucho más que eso, que de alguna forma contaba con las aptitudes idóneas para soportar el dolor y también la admiración.

“Al final, necesitas ser un poco masoquista para ser portero. Masoquista y también un poco egocéntrico”. Estas palabras las pronunció Gianluigi Buffon, el arquero de la selección italiana de fútbol que hace unos días falló en su objetivo de conseguir su pase al Mundial de Fútbol Rusia 2018. Por primera vez desde 1958, la Squadra Azzurra no asistirá a una Copa del Mundo.

A diferencia de muchos amantes del fútbol, yo no veo una tragedia en ello. El fútbol italiano, eternamente defensivo, mediocre y medroso, nunca fue de mi agrado pese a haber sido culturizado de manera muy estrecha a la cultura italiana: mi tía Graciela, la hermana de mi madre, obtuvo en la década de 1970 un empleo en la Secretaría de Relaciones Exteriores de México y fue destinada a Italia. Desde entonces y hasta hoy vive en ese país, y a largo de todo este tiempo ha inculcado a toda mi familia la cultura de su segunda patria.

Sus esfuerzos no fueron en vano, pero pese a que no se encaminaron jamás a hacernos hinchas de la Selección de Italia, en ocasión del Mundial de Alemania 2006 la escuché decir: “De nada sirvió todo lo que he hecho” cuando mi hermano Pablo, mi primo Octavio y yo criticamos delante suyo el planteamiento defensivo del equipo de Marcelo Lippi, su sempiterna rutina de jugar a la contra, y el juego sucio y provocador de la mayoría de sus integrantes.

Aquel año yo quería, y todo el mundo lo quería, que la Francia de Zinedine Zidane ganase la Copa del Mundo. Ese deseo se acentuó cuando al minuto 7 de la final, el argelino-francés ejecutó un penal a lo Panenka, humillando así al único cavaliere que tenía la selección italiana: Gianluigi Buffon, el portero. Es sólo que, al minuto 19, un delincuente llamado Marco Materazzi igualó el partido y con ello lo condujo a tiempos extras.

Y la historia fue la misma de siempre: el rival de Italia asediando con honor y valentía un castillo que, pese a recibir metralla de todos lados, jamás se derrumbó. En la prórroga vino un cabezazo de Zidane que tendría que haber cambiado la historia, pero el humillado Buffon halló en ese momento la oportunidad –la única que tuvo– de convertirse en héroe. El argelino-francés percutió con la testa un disparo mortal por definición; Buffon, de frente y a quemarropa, se revolvió sobre sí y con la mano derecha apenas desvió el obús por encima del travesaño.

Minutos más tarde ocurrió algo impensable: el criminal Materazzi consiguió destemplar el ánimo de Zidane, quien, sin pelota de por medio, volvió a percutir su cabeza con la misma fuerza con la que quiso fusilar a Buffon, si bien en esta ocasión su blanco fue el pecho de Materazzi. Se armó la cámara húngara. El árbitro, Horacio Elizondo, de Argentina, no contempló la acción; sin embargo, fue informado a través de su diadema de audio por el árbitro suplente, el español Luis Medina Cantalejo, de lo ocurrido. Elizondo consultó a sus dos auxiliares y, mientras lo hacía, Gianluigi Buffon atravesó líneas enemigas y exclamó delante de uno de los abanderados: “Tú lo viste, tú lo viste”.

En el minuto 110 de la final del Mundial de Alemania 2006, Horacio Elizondo mostró la tarjeta roja a Zinedine Zidane y la historia se escribió. La contienda se decidiría en tandas de penales y fue el yerro de David Trezeguet lo que otorgó la Copa del Mundo a Italia.

Los italianos exhibieron la soberbia que caracteriza la faceta más oscura de la nación que engendró a Dante, pero también a la Mafia y, en la ficción no-ficción, a la Familia Corleone. En este orden de ideas, Materazzi, Cannavaro, Camoranesi, Gattuso, Grosso y muchos otros a lo largo de la historia, jugaron el papel de sicarios –cuando no de payasos– a los que condena la historia por ser integrantes de una de las ligas (hoy la Serie A) en la que se ha comprobado y juzgado el amaño de partidos.

Italia ganó el Mundial de 2006, pero al hacerlo perdió también la reputación que tenía. En Sudáfrica 2010 y Brasil 2014 no pasaron de la fase de grupos, y ciertamente nadie quería que pasaran. Excepto por un hecho, en realidad, una persona: Gianluigi Buffon, un hombre con apellido de payaso, que, sin embargo, era el único cavaliere de esa selección de bufones.

Integrante de un equipo que siempre ha practicado ese sistema que se conoce como Catenaccio, Buffon tenía que tener mucho de masoquista, y también de egocéntrico, para hacer de su oficio un arte. Pero, al mismo tiempo, poseía la humildad de los biennacidos, la elegancia de la decencia y el talento de los inmortales.

Perdida la oportunidad ante Suecia de jugar su sexta Copa del Mundo, lo que habría hecho del alemán Lothar Matthäus y el mexicano Antonio Carbajal meros comparsas de la historia, veo llorar al águila solitaria, al hombre misterioso, al último defensor… y me estremezco.

Cuando era niño, una tarde de diciembre, fallé en atajar un disparo. Por ese único gol fui dado de baja por mis compañeros del colegio como portero titular.

En su último partido como portero de la selección italiana de fútbol, Gianluigi Buffon, el único caballero de la Squadra Azzurra, no recibió un solo gol.

Björk tenía razón: “Siento pena por el portero”.

Yo no: Buffon, guardián de los sueños, tu sei il più grande…

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