El lugar cálido y sin memoria de Andy Dufresne

Por ANDRÉS TAPIA

En el tercio final de la película The Shawshank Redemption (Frank Darabont, 1994), Andy Dufresne (Tim Robbins) pregunta a su amigo Red (Morgan Freeman) si cree que abandonará alguna vez la prisión de Shawshank en la que ambos están recluidos. Dufresne ha permanecido ahí 19 años por un doble asesinato que no cometió; Red, en cambio, es culpable de homicidio en primer grado y ha cumplido 39 años de una sentencia de cadena perpetua. Red, cuyo nombre completo es Ellis Boyd Redding, le responde que sí: “…un día, cuando tenga una larga barba blanca y dos o tres tornillos sueltos, me dejarán salir”.

Con una mueca que forcejea por convertirse en sonrisa, un visaje que se corresponde tras dos meses de estancia en solitario en “el hoyo”, Dufresne replica: “Te diré a donde iría yo… Zihuatanejo (…) está en México. Un lugar pequeño en el Océano Pacífico. ¿Sabes qué dicen los mexicanos del Pacífico?”.

Incrédulo y extrañado por las palabras de Andy, Red responde que no. Dufresne entonces concluye: “Dicen que no tiene memoria… ahí es donde quiero vivir el resto de mi vida: un lugar cálido sin memoria”.

Días después, Andy Dufresne realiza la fuga más poética que ha existido en la historia de la literatura después de la de Edmond Dantès en El Conde de Montecristo (la historia de Dufresne está basada en el relato Rita Hayworth and Shawshank Redemption del escritor estadounidense Stephen King) y tras recolectar en diversos bancos una pequeña fortuna robada al corrupto director de la prisión, compra un convertible con el que atravesará Estados Unidos desde la ciudad de Portland, en el estado de Maine, hasta llegar a Fort Hancock, en Texas, pueblo en el que cruzará la frontera para dirigirse al sitio en el que quiere vivir el resto de su vida.

El año es 1966 y Andy Dufresne eventualmente llegará a Zihuatanejo; Red habrá de alcanzarlo un año más tarde. En la trama ideada por King y Darabont, la historia de Dufresne y Red es una ficción, no así ese lugar pequeño en el Oceáno Pacífico: “Un lugar cálido y sin memoria”.

Zihuatanejo es tan sólo uno de los cientos de lugares, cálidos y sin memoria, que existen en México. Un puerto, un pueblo, una ciudad que conserva el folklore y las tradiciones naturales a su geografía, que más allá de las bondades y la belleza de sus playas que lo han convertido en un referente turístico a nivel mundial, suelen marcar la piel, y la memoria, de aquellos que lo visitan.

Pero, pese a las objeciones que seguramente esgrimirían Frank Darabont y Stephen King, podríamos sustituir a Zihuatanejo en The Shawshank Redemption por cualquier otro sitio. San Miguel de Allende, por ejemplo. Ese otrora pueblo, hoy ciudad, que hace ya varias décadas se convirtió en un cementerio de elefantes en tanto cientos de ciudadanos estadounidenses de la tercera edad lo convirtieron en su residencia de retiro. Lo mismo puede decirse de Ajijic, ese pueblo colonial situado en la ribera del Lago de Chapala, en Jalisco, en el que es más común mirar ciudadanos extranjeros que nacionales.

Poseedores de una paleta de colores que habrían envidiado Monet, Manet, Munch, Picasso, Tamayo, El Greco y el mismo Pollock, en las calles de San Miguel de Allende y Ajijic, construidas a partir de piedras, en la presencia del agua o en la ausencia de ella, el calor y la falta de memoria son omnipresentes.

En otro tiempo (las décadas de 1960, 1970, 1980 y acaso 1990) Acapulco habría sido el lugar elegido por Andy Dufresne. En tiempos más recientes, Puerto Vallarta y Veracruz. En el pasado inmediato Los Cabos, Cancún, Morelia, Playa del Carmen, Cozumel. Y, todavía y por fortuna, Puebla, Huatulco, Mérida, Oaxaca.

¿Sabes qué dicen los mexicanos del Océano Pacífico? Dicen que no tiene memoria…

Cuando eres feliz, la falta de memoria es un defecto virtuoso en tanto aquello que contemplas, y que te contempla, no será un recuerdo adquirido tiempo antes ni un pecado cometido el día de hoy. No olvidarás, porque no tendrás nada que olvidar, ni serás el protagonista de un recuerdo feliz o doloroso. Siendo apenas un grano de arena al que el mar puede mojar o no, serás tan sólo una partícula infinitesimal de un todo que no te importará comprender ni entender. Y, sin embargo, por una absurda ecuación filosófica, serás al mismo tiempo el todo: casi el Universo. O, si lo ambicionas lo suficiente, el Universo mismo.

En días recientes, en la zona metropolitana de la ciudad de Guadalajara, Jalisco, en algo más de 24 horas 15 personas fueron asesinadas, ocho de ellas mutiladas en cada articulación posible, y abandonadas en una camioneta como si fueran basura.

En días recientes, un ferry que cruza de Playa del Carmen a la isla de Cozumel, registró una explosión en la que resultaron heridas al menos tres decenas de personas, entre mexicanos y extranjeros. En días más recientes, en otro ferry que cubría la misma ruta, fueron descubiertos explosivos adosados al casco del barco.

En días más o menos recientes, los gobiernos de Estados Unidos, Alemania y Canadá emitieron mensajes de alerta en los que advertían a sus ciudadanos evitar o abstenerse de visitar ciertas ciudades de México, cuando no cancelar cualquier viaje de vacaciones o negocios a este país.

Ayer, para ser precisos, o quizá antes de ayer, o da igual cuando, un estudio hecho público por el Consejo Ciudadano para la Seguridad Pública y la Justicia Penal, una asociación civil de México, situó a la ciudad de Los Cabos, en Baja California Sur, como la más violenta del mundo durante el año 2017. Y a otras cuatro ciudades de México (Acapulco, Tijuana, La Paz, Ciudad Victoria) dentro del top ten de las ciudades más violentas del planeta. Motivados políticamente por las cercanas elecciones presidenciales en México quizá exageraron. Quizá no.

La falta de memoria, la ambición del futuro, mantiene a los políticos mexicanos y a sus esbirros, empecinados en una lucha por desacreditar a sus oponentes políticos mientras el país se desangra, de manera literal, y no precisamente poco a poco, sino de manera obscena.

México hoy es la Colombia de las décadas de 1980 y 1990, pero a Andrés Manuel López Obrador, a Ricardo Anaya, a José Antonio Meade, a Margarita Zavala, a Jaime Rodríguez, candidatos a la presidencia de México, eso no les importa. Mucho menos a esa parodia de presidente llamado Enrique Peña Nieto que ignoró la violencia, la dejó pasar, y que seguramente acabará sus días en un lugar “cálido y sin memoria”.

Pese a todo, este país —por una o varias razones que hoy me resultan incomprensibles— sigue atrayendo a los extranjeros. En días recientes, la actriz estadounidense Meryl Streep fue vista y fotografiada comprando artesanías en San Miguel de Allende, ignorante o haciendo la vista gorda de que ese mismo día 15 personas fueron asesinadas en Guadalajara, y ocho de ellas masacradas con una saña que ya es difícil de hallar en la historia de la humanidad.

Hacia el final de The Shawshank Redemption, Red compra un billete de autobús con rumbo a Fort Hancock, Texas, con la esperanza de cruzar la frontera de Estados Unidos y México, y encontrarse más tarde con Andy en ese “lugar pequeño del Oceáno Pacífico: Zihuatanejo”.

Mientras un autobús de la línea Trailways atraviesa pueblos, caminos y ciudades, una voz en off se escucha. Es la voz de Red: “Estoy tan emocionado que no puedo estar quieto o concentrarme. Creo que es la emoción que sólo un hombre libre puede sentir. Un hombre libre al comienzo de un largo viaje cuyo destino es incierto. Ojalá pueda cruzar la frontera. Ojalá pueda ver a mi amigo y darle la mano. Ojalá que el Océano Pacífico sea tan azul como lo vi en mis sueños. Ojalá…”

Ojalá, alguna vez —y ojalá sea pronto—, ese lugar del que hablaba Andy Dufresne vuelva a ser ese sitio “cálido y sin memoria… en el que quiero vivir el resto de mi vida”.

Ojalá.

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