Quisiera que pudieses nadar como nadan los delfines

Por ANDRÉS TAPIA

El año 2002, David Bowie, refiriéndose a los cambios que a partir de la tecnología se estaban gestando en la industria musical, aseguró que un día la música llegaría hasta nosotros de la misma manera en que lo hacen el agua o la energía eléctrica. Bowie, que ciertamente tenía mucho de visionario pero también era un hombre culto y actualizado, estaba consciente de la reciente creación del iPod (2001) y de la revolución musical gestada por Napster (2000).

Sin embargo, faltaban todavía algunos años para que el mundo pudiera disponer de la música de una manera tan simple y sorprendente como girar una llave u oprimir un interruptor.

En la actualidad basta con seleccionar una canción en la aplicación iTunes y digitar en el icono “Comprar” para recibir la melodía en menos de un minuto. La variante introducida por la plataforma Spotify en años recientes no altera el teorema de Bowie: “La transformación absoluta de todo lo que siempre creímos acerca de la música tendrá lugar dentro de 10 años, y nada será capaz de detener este proceso (…) La música misma se obtendrá como el agua o la electricidad”.

Por supuesto, Bowie tenía razón. Y sus palabras tuvieron lugar antes de la creación de Facebook, de Twitter, de la plataforma de videos YouTube, de la invención del iPhone y de la misma iTunes Store.

Pienso en las palabras de David Bowie mientras hago girar la llave del grifo de mi casa y trato de entender cómo es posible que la cuarta ciudad más grande del mundo, considerando los suburbios que la rodean, y en la que habitan alrededor de 21 millones de personas, carezca de agua potable desde hace más de una semana.

Por alguna razón que tampoco entiendo, cada año, desde hace ya varios, en determinadas épocas la Ciudad de México sufre de un desabasto de agua en virtud a lo que la narrativa oficial ha designado “obras de reparación y mantenimiento del Sistema Cutzamala”.

La definición que ofrece la Wikipedia acerca de este último, es la siguiente: “…sistema hídrico de almacenamiento, conducción, potabilización y distribución de agua dulce para la población e industria de la Ciudad de México y el Estado de México. De este último, la ubicada en las zonas centrales de la Cuenca de México y el Valle de Toluca. Es considerado uno de los sistemas de suministro de agua más grandes del mundo, ya que ésta debe bombearse desde una altura de 1,600 metros sobre el nivel del mar en su punto más bajo, hasta los 2,702 en su punto más alto. Así como transportar 480 hm³/año de agua”.

Suena impresionante. Y seguramente lo es cuando uno reflexiona acerca de ello. Es sólo que, honestamente, ¿quién ha reflexionado alguna vez acerca de la manera en que llega el agua a casa? Basta con girar una llave y el agua fluye al lavabo, la ducha, el retrete, la lavadora… y ¡voilá!, un milagro ocurre. Un milagro que no nos parece tal porque la Ciudad de México no fue edificada en un desierto, sino en una zona donde las precipitaciones pluviales son frecuentes e incluso provocan inundaciones.

En las “obras de reparación y mantenimiento del Sistema Cutzamala” que tuvieron lugar en días recientes, se invirtieron alrededor de 25 millones de dólares, especialmente en una pieza de tubería que tiene o tenía un peso de cerca de 185 toneladas, y que a final de cuentas no funcionó y fue retirada, situación que a la postre prolongó la sequía. Ese dinero se obtuvo a partir de los impuestos pagados por los contribuyentes, dinero que hoy se diluye como agua sucia a través de la cañería.

Giro de nuevo la llave del grifo sólo para comprobar que no cae una sola gota y, sin pensar en Bowie, me da por pensar que la Ciudad de México ha retrocedido, cuando menos, 150 años en el tiempo: el agua se acumula en cubos y baldes, y labores tan simples y tediosas como lavar los trastos o la ropa, se han convertido en un placer inimaginable.

El colmo de todo es la absurda y perversa sincronicidad de las cosas: este año en México la temporada de lluvias se alargó más de lo común: días nublados y lluvias ligeras o torrenciales tuvieron lugar durante todo el mes de octubre. Al anunciarse el corte de agua, empero, las nubes se marcharon y el sol brilló con irónica insolencia.

Desde hace años calentamiento global provoca el derritimiento de los polos: grandes placas de hielo se convierten en agua y aumentan el volumen de los mares. Los osos polares recorren a nado grandes distancias para conseguir alimento. Paradójicamente, el mundo no se inunda sino padece más sed.

¡Ah, sería tan romántico atribuir la falta de agua en la Ciudad de México a todos esos eventos! Pero no, nada tienen qué ver. Es tan sólo la estupidez y la ausencia de visión de unos cuantos, lo que ha convertido al milagro tecnológico de mirar verter, percibir, sentir el agua en las manos, en un milagro casi bíblico.

El agua es el principio de la vida. Un charco diminuto fue el caldo de cultivo de microorganismos que llegado el momento se transformaron en peces. Un día alguno de ellos cometió la osadía de salir del agua y respirar oxígeno: ese es el origen de lo que hoy conocemos como humanidad.

Un tipo joven y guapo decidió que México debería tener un gran aeropuerto. Un tipo ya no tan joven ni tan guapo decidió que México no debería tener ese aeropuerto sino otro, uno un poco más humilde, menos faraónico, más funcional, o disfuncional, según sus críticos. Ni uno ni otro han dicho una sola palabra en torno a la falta de agua en una de las ciudades más grandes del mundo. No tienen porqué: no es un secreto que las prioridades de los políticos pasan por sus ambiciones y no por el bienestar de aquellos que les eligieron. En México, sin embargo, esto no es una afrenta: es tragedia.

Falta un minuto para las 03:00 horas del jueves 8 de noviembre de 2018. Giro la llave del grifo y la respuesta es nada, ni una sola gota. La concupiscencia de los mentecatos e inútiles, llámense Andrés o Enrique, Luis o Javier, se ha trastocado en el síntoma de una crisis que nadie quiere ver.

Enciendo mi iPhone. Busco la aplicación iTunes Store. Escribo “David Bowie”, “Heroes”, digito comprar. En menos de un minuto –con la complejidad de un milagro, con la simpleza con que uno suele girar la llave del grifo para contemplar cómo el agua cae–una canción se descarga en mi smartphone. Escucho:

I, I wish you could swim
Like the dolphins
Like dolphins can swim…

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