Me llamo Mafalda

Por ANDRÉS TAPIA

En la década de 1970 el periódico mexicano Excélsior publicaba los días domingo, al igual que muchos otros diarios del mundo, un suplemento de tiras cómicas que en su mayoría estaba formado por viñetas creadas por dibujantes y escritores estadounidenses.

De formato tabloide y con tan sólo ocho páginas, el papel que las contenía –medio pliego en el argot de las imprentas– no venía de origen seccionado sino que era necesario cortarlo para poder leerlo de manera común. De no hacerlo así su lectura implicaba los malabares que haría cualquier persona que desdobla un mapa plegable.

Describo lo anterior porque en muchas ocasiones vi a mi abuelo perpetrar, en su cocina y con un cuchillo, lo que hoy sé era un ritual: dividir el suplemento de tiras cómicas de Excélsior en ocho páginas perfectas. Y yo formaba parte de ese ritual: cada domingo mi abuelo me enviaba al quiosco de periódicos y revistas a comprarlo.

Flash Gordon, Mandrake el Mago, El Fantasma, Educando a papá, El Hombre Araña y El Príncipe Valiant, eran algunas de las historietas que aparecían en ese suplemento que religiosamente leía cada séptimo día. Es sólo que la mayoría estaba circunscrita a una secuencia de cuatro cuadros y en consecuencia su trama era episódica. Dicho de otro modo: era como leer un cómic por entregas y el proceso duraba meses.

La última página del suplemento, sin embargo, presentaba una variante de esta fórmula: estaba compuesta por cuatro secuencias de cuatro cuadros, pero cada una de estas era conclusiva y pertenecían al mismo personaje. Y una cosa más: la autoría de esta tira cómica no pertenecía a un dibujante o escritor estadounidense, sino a un hombre de ascendencia española que había nacido en Mendoza, Argentina. Sí, la última página del suplemento de tiras cómicas del diario Excélsior estaba dedicada por completo a Mafalda, la viñeta creada por Joaquín Salvador Lavado “Quino”.

En el tiempo que yo empece a leer a Mafalda, probablemente la mitad de la década de 1970 y con unos seis años de edad, la tira cómica no se publicaba más: Quino, el sobrenombre artístico de su autor, dejó de dibujarla el año de 1973. Su historia en algún sentido fue brevísima, pero ello no le restó inmensidad ni universalidad: la niña insolente que cuestionaba a su entorno, a la sociedad, a sus padres y al Mundo entero, abrió una brecha –en realidad una trinchera– en la cual los rebeldes podían pertrecharse, defenderse y disparar a los Nixon, los Kruschev, los Franco, los Pinochet, a los militares argentinos y a todo el establishment existente.

Era, sin duda, un acto temerario. Y suicida. Pero Quino, un hombre que no tuvo hijos, o hijas, con su esposa Alicia Colombo, en un acto inconsciente (o tal vez absolutamente premeditado) decidió crear a una niña que tomaría el feminismo como bandera, al idealismo como patria y a la iconoclasia como fusil. Es sólo que esa niña conservaría al mismo tiempo su inocencia e ingenuidad, atributos que le permitirían ingresar a territorio enemigo con los modos de un Caballo de Troya. Y así ocurrió.

Mafalda se introdujo de manera subrepticia a los hogares de la Argentina y no mucho después a los de Latinoamérica. Pero, a diferencia del Che Guevara, a ella no le disparaban balas ni la perseguía la CIA. Cómo podía ser de otra manera si odiaba la sopa y le fascinaban Los Beatles, su única tentación adolescente, los cuales en historia fueron tan breves como ella y, como ella, continúan siendo universales.

Hace algunos años una amiga enfermó gravemente. Le introdujeron un tubo en la garganta para hacerla respirar. Cuando supe de su estado fui a verla al hospital, pero no me lo permitieron. Me marché de ahí sin haberla visto, pero le dejé algo que a mí me hubiese gustado me diesen en una circunstancia tan crítica: el libro Diez años con Mafalda que compilaba los nueve, no diez, que  Joaquín Salvador Lavado dedicó al dibujo y la escritura del personaje.

En una entrevista televisiva que le hicieron hace algunos años, Quino declaró: “Es muy raro para mí cómo se está poniendo el Mundo. Por una parte lo de la vigencia de Mafalda no lo entiendo porque para mí el Mundo está cambiando mucho y la gente sigue leyendo cosas que uno dibujó hace tanto tiempo, lo cual pareciera que no ha cambiado nada”.

El Mundo sí cambió y en muchos sentidos lo hizo para bien, pero en lo esencial no cambió absolutamente nada: el Nixon de hoy se llama Trump, el Kruschev de hoy se llama Putin, el nuevo dictador latinoamericano se llama Andrés Manuel López Obrador. A todos ellos, y a los que falta nombrar, Mafalda, un poco más crecida, pero no tanto, les hace un corte de manga y les dice, sin caer en la vulgaridad: “Fuck you!”

Quino ha muerto. Dejó de escribir y dibujar a Mafalda hace 47 años. Y, sin embargo, su obra, en apariencia simple, sigue eclipsando los afanes de los sofisticados y pretenciosos, de los simples y rupestres, de todos aquellos que menosprecian al que piensa distinto a ellos por el solo hecho de pensar distinto.

No puedo ser objetivo: la Mafalda de Quino definió en muchos sentidos mi pensamiento y mi forma de ser: Quizá no puedas cambiar lo que está mal en el Mundo, pero sí puedes denunciarlo. No está en mi personalidad hacerlo de una manera elegante, pero, tal vez sí, de un modo irónico y sarcástico.

Tengo una foto con Mafalda, una imagen tomada en la esquina que forman las calles de Defensa y Chile en el barrio de San Telmo, en Buenos Aires. La abrazo con pasión, pero sin impudicia, de la misma manera en que se abraza a alguien que te cambió la vida. Y lo que abrazo es sólo una escultura colorida de un dibujo animado esculpido en resina.

Mi abuelo Andrés, como yo, en las tiras cómicas halló una manera de evadirse de la realidad, aunque fuese momentáneamente, y al hacerlo así me introdujo, ignoro si premeditada o casualmente, al universo en el que habitaba Mafalda: uno no muy diferente al que habita cualquier niño, pero en el que era posible denunciar y hacer visible las taras de un Mundo que si bien ha cambiado, en realidad no lo ha hecho tanto.

En tiempos en que la realidad es omnipresente, cínica y evadirse de ella equivale a una utopía, un personaje ficticio, creado por un hombre cuya vida terminó a los 88 años de edad, es capaz de concitar, aunque sea por un instante brevísimo, la idea más primigenia de la rebeldía, y no por ello violenta y falta de razones.

La muerte natural de Joaquín Salvador Lavado “Quino” me ha puesto triste, como a todo el mundo, pero también me ha devuelto a un pasaje feliz de mi infancia en el que mi abuelo me entrega unas monedas y me pide, un domingo –cien domingos– ir al quiosco de periódicos a comprar el diario Excélsior.

Cuando regreso a su casa, la casa de mis abuelos, una niña morocha que lleva un moño rojo en el pelo me acompaña.

“Hola, señor”, le dice. “Me llamo Mafalda”.