Una mirada al pasado (Pepe Galán vs. Mark Zuckerberg)

Por ANDRÉS TAPIA

El 8 de octubre del año 2010, los posts en Facebook de un colega periodista dejaron de aparecer de manera repentina. No nos conocíamos personalmente y nuestro trato se circunscribía tan sólo a la red social. Él me simpatizaba. Y supongo que yo a él.

Algún tiempo después de que sus poéticos e ingeniosos mini-escritos dejaron de aparecer en la línea de tiempo de mi muro, en ocasión de su cumpleaños le escribí para felicitarlo. El 5 de enero de 2011, el día que habría cumplido 54 años, me enteré que José Luis Galán –Pepe Galán para todos sus cercanos– había muerto.

Lamenté mucho su deceso, e ignoro bien el porqué de ello: Pepe y yo éramos el uno para el otro tan sólo la interfaz de Facebook en la pantalla de nuestras computadoras, algunas fotografías y un puñado de aforismos medianamente bien escritos (lo digo por los míos). Sin embargo, quizá es en esta circunstancia donde se irguió la pena que experimenté al conocer de la muerte de una persona a la que yo sólo conocí de manera superficial. No pretendo en lo más mínimo aproximarme a la cursilería: Pepe Galán, llanamente, sabía conectar –y conectarse– y tocar al mundo a través de un invento (y la ambición de un chico que para el momento de su muerte tenía 26 años y se había convertido en multimillonario) llamado Facebook.

Pepe Galán tenía más de 2,000 amigos –conocidos y desconocidos– en Facebook. Muchos de ellos, al igual que yo, ese 5 de enero de 2011 ignoraban que había muerto dos meses atrás… y muchos más continuaron ignorándolo. Y todavía lo ignoran. En su página de Facebook, aún activa gracias a su esposa e hijos, todavía el 5 de enero pasado Pepe Galán recibió felicitaciones de cumpleaños de gente que lo supone vivo.

El día de ayer, febrero 4, la red social más popular del mundo (alrededor de 1,200 millones de usuarios en un momento en que el número de habitantes de la Tierra es de 7,211 millones aproximadamente, es decir, el 17 por ciento de esa cifra) cumplió diez años de haber sido legalmente instituida.

Para conmemorarlo, Mark Zuckerberg y Facebook desarrollaron un videoclip biográfico, de 62 segundos de duración, de todos y cada uno de sus usuarios. Dicho video –una aplicación genérica que exhibe un mosaico de imágenes seleccionadas aleatoriamente en cuyo centro se halla la foto actual del perfil del usuario, así como una muestra de sus posts y fotografías más representativos (presumible aunque no certeramente los que recibieron más “likes”)–, lleva por nombre “Una mirada al pasado (A Look Back)”.

En tanto carece de rigor emotivo –y por rigor emotivo debe entenderse: “Los momentos más representativos en la vida de cada persona a partir de su ingreso a Facebook”– cuesta trabajo sentirse identificado con lo que se contempla. Del mismo modo, despersonalizarse y negar tres veces, sin que cante gallo alguno, a ese sujeto que protagoniza el video –y que es uno mismo– no es algo sencillo.

La Encyclopaedia Britannica define a una red social de la siguiente manera: “En computación, una comunidad online de individuos quienes intercambian mensajes, comparten información y, en algunos casos, cooperan en actividades comunes”.

La Encyclopaedia Britannica empero, una de las víctimas colaterales del advenimiento de la era de Internet en el mundo, no se sustrae ni cohíbe para emitir una crítica puntual en torno a las redes sociales, de las cuales Facebook es el buque insignia: “En sus momentos de excelencia, una red social es un sitio que funciona como una colmena de creatividad, con usuarios y desarrolladores retroalimentándose unos a otros a partir del deseo de ver y ser vistos. Los críticos, sin embargo, ven a estos sitios como vulgares concursos de popularidad en los que los usuarios más poderosos persiguen el más bajo común denominador, en una búsqueda frenética por obtener la mayor cantidad posible de amigos. Con cientos de millones de visitantes únicos haciendo uso de docenas de estos sitios en todo el mundo, es perfectamente posible observar ambos extremos (que frecuentemente se concentran dentro del mismo grupo de ‘amigos’)”.

El mundo ha cambiado mucho en los últimos 65 años. Pero en los últimos 15 lo ha hecho a una velocidad endemoniada. La Segunda Guerra Mundial y el Holocausto acaso comprobaron lo que Friedrich Nietzsche había afirmado a finales del siglo XIX: “Dios ha muerto”; la Guerra Fría dividió al mundo en dos bandos y quizá lo peor es que cada uno de ellos, en lugar de eliminar a su antagonista, terminó por asesinar a sus mejores hombres; cuando al fin cayó el Muro de Berlín, la alegría duró tan sólo dos minutos: al cabo de ellos el mundo comenzó a matarse nuevamente.

Steve Jobs, Bill Gates, Steve Wozniak, Mark Zuckerberg, Larry Page, Sergey Brin, Sean Parker, Jerry Yang, David Filo, Jimmy Wales, Evan Williams, Jack Dorsey, Biz Stone, y cuantos más nombres se quieran añadir, cambiaron al mundo… para bien o para mal… y ni siquiera nos dimos cuenta de ello. De la arcaica máquina de escribir pasamos al ordenador, adquirimos una cuenta de E-mail, nos conectamos a Messenger, descargamos ilegalmente canciones a través de Napster y LimeWire y luego adquirimos un iPod. Nos fascinamos con el BlackBerry, pero por fortuna Jobs y su iPhone lo hicieron mierda. Y luego nos conectamos en Facebook, en Twitter, en Instagram, en Pinterest, en FourSquare… Hasta que un día estábamos tan unidos que no supimos qué más hacer.

“No pasará mucho antes de que la generación de Facebook sea rechazada por la gente que no tiene Facebook y que a su vez será rechazada por la gente de la era post-Facebook. Al fin, cada uno vivirá en su propio planeta”, declaró la actriz estadounidense Sigourney Weaver a Vulture.com la primavera del año pasado.

La era Facebook del planeta Tierra tiene ya una década de duración. En las listas de Forbes, Mark Zuckerberg –y no Barack Obama o Vladimir Putin– debería ser el hombre más poderoso del Mundo.

Miro al pasado –mi pasado y el de otros– a través de un videoclip artificioso de 62 segundos de duración y descubro que, a través de una red social, un amigo que no fue enteramente mi amigo y murió hace tres años, de algún modo sigue vivo.

Se llamaba Pepe Galán y tenía el mismo maldito-bendito don de Mark Zuckerberg: conectar, para bien o para mal, a la gente del mundo.

Y siempre a pesar del mundo.

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