El reino de Mark Zuckerberg y la muerte del último macho

Por ANDRÉS TAPIA // Fotografía: AMI VITALE

El Mundo ya no es un lugar seguro. Pudo ser ayer, esta mañana o cualquier otro día del futuro, pero un día es posible que despiertes y caigas en la cuenta de que todo aquello que exhibías con orgullo o, bien, fingida indiferencia, fue utilizado por alguien para penetrar tu psyche y hacerte no vulnerable —en realidad lo fuiste desde el momento en que confiaste en alguien que no conocías— sino manipulable.

Es así porque en algún momento de los últimos 14 años, sin apenas notarlo, cedimos a la tentación de formar parte de un microuniverso que está contenido en un planeta llamado Tierra  en el que habita una especie conocida como humana, si bien taxonómica y paradójicamente designada como Homo sapiens.

En ese microuniverso el primer hombre no se llamó Adán, sino Mark Zuckerberg, y aunque procedía de padre y de madre y en modo alguno era el verbo encarnado de algún dios de pacotilla, un día decidió crear un reino que, aunque en los hechos lo fuera, no sería parte de este Mundo.

Lo llamó Facebook, pero también pudo haberlo llamado Tannhäuser, Santa María o Kattegat, en cualquier caso, en las crónicas que habrán de escribirse en el futuro, los historiadores llegarán a la conclusión de que no se trató de un mito como el de la Atlántida, El Dorado o el Jardín del Edén, y que a diferencia de Aquiles, Thor o Quetzalcoátl, Mark Zuckerberg verdaderamente existió.

Ese reino fue creado en medio de una guerra inventada por un texano ignorante apellidado Bush, un idólatra rupestre que buscaba armas de destrucción masiva en un país tan pobre y tan triste que, excepto fanfarronear, no tenía nada más que ofrecer. Y, en consecuencia, a los pocos meses se rindió.

La guerra, empero, continuó por muchos años más. Y el Mundo cambió de hábitos.

Las bibliotecas se convirtieron en templos paganos a los que sólo unos cuantos fanáticos retrógradas continuaron visitando. “Dios está en todas partes”, clamaba un sacerdote, pero lo cierto es que empezó a ausentarse de todos los sitios conocidos.

El microuniverso de Zuckerberg, sin un Big Bang de por medio, comenzó a formarse.

Sin darnos cuenta —otra vez, sin darnos cuenta— retrocedimos a los tiempos del Imperio Romano en los que un pulgar levantado y apuntando al cielo representaba la vida; en los que un pulgar señalando la tierra representaba la muerte.

Ave, Caesar, morituri te salutant…

Sin pasaporte ni salvoconducto alguno, ingresamos al reino de Zuckerberg con nuestras taras, costumbres e ideas cursis y simples acerca de la vida: el Mundo no es mejor y ni siquiera se acerca a la idea de lo que consideramos ideal. Pero Zuckerberg nos ofrece la posibilidad de imaginarlo una epifanía: “Dime lo que piensas y te diré lo que eres”.

Ya no hay Muros de Berlín, mucho menos Guerra Fría, pero las ambiciones de la especie humana, el Homo sapiens, permanecen.

“Hoy corrí un maratón, soy feliz”.

“Hoy me enamoré de nuevo, soy feliz”.

“Hoy ha muerto mi hijo, estoy tan triste”.

“Hoy decidí inventar una verdad-mentira, una mentira-verdad… estoy tan triste… pero, al mismo tiempo, estoy tan feliz”.

Escribo esto y escucho el rumor cercano e insolente del motor de una motocicleta. Amanece y el mensajero que me entrega el diario todos los días, se aproxima a mi casa y arroja un montón de papel en mi balcón con la displicencia de un sicario que se deshace de un muerto. Confieso en este momento que vivo en México. Un lugar en el que la muerte es una costumbre.

“Hoy quise ser feliz… pero no lo fui”.

Alguna vez el Mundo fue un lugar seguro. Pero fue hace tan poco, o tanto, que ya no podemos recordarlo.

Hace unos días, el último rinocerente macho blanco del norte murió. Se llamaba Sudan y era una bestia magnífica: una subespecie de una especie única en el planeta Tierra. Nada parecido a los hombres que habitamos este mundo: tan simples, bobos, absurdos y seniles.

De su especie restan dos hembras, una de ellas su hija; la otra, su nieta.

Ninguna de ellas es capaz de procrear vida de una forma natural. Pero, pese a ello, les han sido extraído óvulos que un grupo de ciéntificos espera emparejar con el semen congelado de Sudan, el último macho de los rinocerontes del norte. Un macho que ya no existe.

Mark Zuckerberg ha sido emplazado por los gobienos de Estados Unidos, el Reino Unido y la Unión Europea, a responder por la irresponsabilidad de su compañía en la filtración de los datos de 50 millones de cuentas que él, sin jurarlo, juró proteger a costa de todo y de todos.

A sus 33 años, la edad de Cristo a su muerte, deberá responder por ello. Pero no por la muerte de Sudan, el último macho de la subespecie de los rinocerontes blancos del norte.

Prestos a la acción que nos impone la cotidianidad, en la indiferencia que caracteriza a la especie humana desde su concepción biológica hasta su definición científica, acaso inclinemos la cabeza en una suerte de acto de humildad para sentirnos menos culpables. Pero, al final, dará igual.

La muerte del último macho de una especie única nos define: el mundo ya no es un lugar seguro.

Y nunca lo fue.

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