La clase de Enrique Peña Nieto (y sus vendedores de tamales)

Enrique Pena Nieto, former governor of Mexico State and the unopposed presidential candidate for the Institutional Revolutionary Party, PRI, acknowledges the cheers of supporters during a rally in Mexico City, Sunday Nov. 27, 2011. Pena Nieto filed his nomination papers Sunday, for the July 2012 presidential election at party headquarters. Pena Nieto, who has led in all the recent national polls, seeks to regain the presidency the PRI lost in 2000 after 71 years in power. (AP Photo/Marco Ugarte)

Por ANDRÉS TAPIA // Fotografía: AP

Un ex gobernador del estado mexicano de Monterrey, hoy caído en desgracia (su nombre es Rodrigo Medina), durante una comida que sostuve con él alguna vez, jactándose de su cercanía con Enrique Peña Nieto, dejó entrever que éste, tras ser elegido presidente de México, le habría dicho que más allá de las bondades de la amistad, en adelante la relación entre ambos tendría que ser formal y apegada a los protocolos de la política, el respeto y (esto no lo dijo) la disciplina tiránica y sempiterna del Partido Revolucionario Institucional. Es decir: “señor presidente” y “señor gobernador”.

Los protocolos y el respeto son una gran cosa, una tradición milenaria que el cinismo de los tiempos actuales (Gustavo Moheno dixit) ha ido extinguiendo sin rubor –pero con método– al amparo del imperio reciente de la Internet y las nuevas generaciones.

El Partido Revolucionario Institucional, el PRI, cuyos militantes gobernaron México por un espacio aproximado de 70 años antes de que un partido opositor les plantase cara, ha sido perfilado en la imaginería popular como una organización política emparentada metafóricamente con los dinosaurios, esos seres monstruosos y antediluvianos que no fueron capaces de trascender a sus instintos primitivos y evolucionar.

Dicho de otro modo: aquel que no aprende de la historia está condenado a repetirla.

Enrique Peña Nieto, presidente de México, pidió respeto, formalidad y protocolos para poder gobernar el país. Es sólo que no ofreció lo mismo. Ni correspondió tampoco.

Es el año de 1988 y en la Escuela de Periodismo Carlos Septién García, que aún hoy se localiza en el centro de la Ciudad de México, un alumno que tiene 20 años de edad lee el periódico La Jornada mientras el profesor de Asuntos Internacionales pasa lista a la clase. Cuando éste termina, el alumno insolente continúa leyendo el diario mientras el decano intenta establecer un punto de inflexión y pensamiento. Es un hombre cercano a los 70 o más allá de ellos. Y por eso encuentra insoportable que el chico que lee el diario lo ignore. Y entonces lo increpa:

–Joven, ¿por qué no me presta atención?

–Lo hago, profesor.

–Está leyendo el periódico.

–Sí, pero escucho lo que dice.

–¿Podría darme entonces un resumen de lo que lee y de lo que estoy diciendo?

–Puedo, profesor…

El alumno insolente hizo entonces una síntesis de lo que leía y escuchaba: un artículo acerca de la coincidencia en tiempo y espacio de las elecciones presidenciales en México y Estados Unidos, y un análisis de las posibilidades de los candidatos demócrata y de izquierda de cada país, Michael Dukakis y Cuauhtémoc Cárdenas, que a la postre serían derrotados por George Bush y Carlos Salinas de Gortari.

A un mismo tiempo, el profesor se sintió halagado y agredido: aquel imberbe prestaba atención a su clase mientras descaradamente parecía ignorarlo. El imberbe, por su parte, se mostró desafiante: “No lo ignoro ni le falto al respeto, sólo soy diferente”, pareció decirle. Y quizá añadió: “Por eso mismo no me trate como si yo fuera igual a los demás”.

Ese día, esa mañana –fue una mañana y fue maravillosa– entre aquel profesor viejo y desgarbado, y aquel alumno insolente y petulante, se formalizó en silencio una relación extraña y entrañable: “No volveré a leer en clase mientras usted hable, profesor”, dijo uno. “No volveré a increparte públicamente mientras lees y me prestas atención”, dijo el otro.

La política, las relaciones humanas, la convivencia entre hombres y mujeres se alimentan de eso todos los días, todo el tiempo, toda la historia: accidentes que transgreden las formas y acaso son ofensivos, pero que pueden superarse a partir de la voluntad de las partes implicadas.

Pido perdón por la banalidad, pero los presidentes de México emanados del PRI nunca fueron hombres guapos (tampoco los del Partido Acción Nacional, aclaro). Hombres cuyos atributos físicos pudiesen significar una diferencia política y social… hasta que llegó Enrique Peña Nieto, un hombre atractivo, varonil, encantador… y quizá físicamente extraordinario. Un hombre cuyo intelecto, empero, ni siquiera llega a ser suficiente.

Un hombre al que no hay que admirarle nada, nada, por más que parezca un macho alfa, pero que en los modos y en las formas es tan tibio como esos vendedores ambulantes de tamales que pululan todos los días en la Ciudad de México y que haciendo eco de una grabación insoportable han derruido su cerebro al grado de creer que mientras vociferen –y hagan escándalo y promoción y ruido– habrá alguien que les compre sus ideas básicas y rupestres. Y sus tamales, por supuesto.

El connotado periodista mexicano Raymundo Riva Palacio, en una de sus columnas recientes, pidió mesura y contención en tanto Enrique Peña Nieto, el presidente de México, está siendo objeto de insultos que en nada ayudan al desarrollo y salvación de un país que se está hundiendo. Y no es una metáfora: México se está hundiendo porque el capitán del barco jamás había salido a navegar a mar abierto y mucho menos en medio de una tormenta. Algo natural y lógico si es que naciste en un pueblo llamado Atlacomulco y perteneces a una estirpe de personas, familias y dinosaurios que jamás pudieron evolucionar.

A 28 años de distancia no puedo recordar el nombre –me maldigo eternamente– de aquel profesor de Economía y Asuntos Internacionales al que le falté al respeto leyendo el diario en su clase. Recuerdo, en cambio, el día en que le dije: “Muchas gracias, profesor, aprendí de usted tanto y hoy soy una mejor persona gracias a usted. Y, por cierto, bonito traje”.

“Es horrendo, Tapia, sea honesto”, me respondió.

Le dije que sí, y bajé la cabeza y la mirada. Pero en un instante volví a ser el mismo insolente y petulante de siempre. Y levanté la cara: “Pero usted le da clase, profesor”.

La clase que no tiene Enrique Peña Nieto a pesar de sus trajes, sus jabones, su guapura, sus acólitos de El Universal, Excélsior, El Financiero, La Razón, Milenio y demás. Quien no puede citar tres libros de memoria no puede ser presidente de un país y no se merece el respeto de nadie… excepto en México, claro está.

Clase que ni él, ni ellos, nunca tendrán.

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