México… ¡Fuck you!

Por ANDRÉS TAPIA

Germán Loza era mi amigo. Murió hace casi 17 años. Esto no es del todo cierto. Germán no murió: lo asesinaron.

Nos conocimos por azar, por cercanía, por casualidad. Por todo eso junto.

Mi hermano Pablo y su hermano Alfredo acudían a la misma escuela secundaria. Ahí se conocieron y trabaron amistad. Pronto descubrieron que vivían a una sola calle de distancia. Y que yo y Germán estábamos inscritos en la misma escuela preparatoria.

Hecho ambos descubrimientos, el padre de Germán y Alfredo nos llevaba en su auto, todas las mañanas, a nuestros respectivos colegios.

Así comenzó mi amistad con él.

Alguna vez jugamos fútbol, otra más asistimos a un concierto subrepticio en un barrio marginal y creo recordar una ocasión en la que discutimos en un bar acerca de algo que no puedo recordar. No olvido, sin embargo, las tardes de domingo que acudíamos a presenciar las funciones de lucha libre en la arena Toreo de Cuatro Caminos.

Una de esas tardes, con toda la arena en silencio mientras el luchador rudo masacraba al técnico y lo hacía sangrar, Germán se puso de pie en la butaca y gritó: “¡Cuchillo… Fuck you!”

Germán era así.

Defensor de las causas perdidas, contestatario, justiciero, leal.

Pese a la cercanía que nos dividía, la vida nos separó paulatinamente. Con profesiones y trabajos disímbolos, nos distanciamos en la cotidianidad de nuestra geografía. No obstante alguna vez –de vez en vez–, coincidíamos en noches bohemias para recapitular acerca del rumbo de nuestras vidas.

Un día me marché de la casa familiar, Germán permaneció en la suya. A partir de entonces el vínculo entre él y yo sería mi hermano Pablo, el mensajero incidental de nuestros tiempos mozos.

Una mañana de enero del año 2002, mi hermano me despertó con una noticia: Germán había muerto… no es verdad: le habían asesinado.

Durante una reunión celebrada en casa de Germán, una amiga –viuda de un amigo que había muerto de una extraña enfermedad unos meses antes– se despidió y Germán la acompañó a la puerta. Mientras se despedían y ella se disponía a subir a su auto, un sujeto apareció de improviso, les apuntó con una pistola y los obligó a subir al vehículo. El asaltante se ubicó en el asiento del copiloto, a ella la colocó a su lado para que condujese y ordenó a Germán subir al asiento trasero. Luego exigió poner en marcha el auto.

Avanzaron sólo una calle antes de que Germán, mi amigo Germán, decidiera hacer frente a la situación. Se abalanzó sobre el sujeto y forcejeó con él, y le ordenó a la chica que saliera del auto y fuese por ayuda.

Cuando ella regresó, el asaltante ya no estaba ahí. Germán yacía en medio de un charco de sangre y mi hermano lo abrazó, le habló, le dijo no sé qué. Germán, mi amigo Germán, expiró en los brazos de Pablo.

Por suerte, por casualidad, por destino… por todo eso, el asesino fue capturado esa misma noche. No fue un culpable inventado, un chivo expiatorio, sino el real y verdadero asesino de mi amigo: durante el forcejeo, Germán le arrancó la camisa a su victimario, al cual hallaron semidesnudo bajo un automóvil en una calle cercana.

El asesino fue condenado y sentenciado. Y durante el proceso judicial se descubrió que, en el mismo barrio, previamente había delinquido de manera similar y violado a una mujer.

Germán Loza, mi amigo Germán, no recibió un homenaje por su actitud y valentía, al menos no de parte del Estado y tampoco de la ciudadanía: de haber sido denunciados el asalto y la violación que con anterioridad perpetró su asesino, probablemente yo no estaría escribiendo esto.

Su funeral, empero, fue uno de los más concurridos a los que he asistido, un funeral repleto de amigos, de cientos de amigos, el legado que dejó Germán a los treinta y pocos años que duró su vida.

Pienso en Germán, mi amigo Germán, mientras leo en las redes sociales –los nuevos tribunales de los Estados modernos– que la muerte de la gobernadora del estado mexicano de Puebla, Martha Érika Alonso, y su esposo, el senador Rafael Moreno Valle, acaecida tras caer el helicóptero en el que viajaban el pasado 24 de diciembre, es festinada por sus opositores políticos y reencausada por sus aliados y simpatizantes, que acusan al actual presidente de México de haber ordenado y orquestado su muerte.

Quizá fue sólo un accidente terrible.

Quizá fue un atentado político.

Si fue lo primero, qué horrendo es caer en la cuenta del país en el que vivo y con la gente con la que vivo.

Si fue lo segundo, qué horrendo es caer en la cuenta del país en el que vivo y con la gente con la que vivo.

Me refiero a los que se regocijan con la muerte y a los que inventan la muerte.

Es decir: los que apelan al karma y claman justicia divina.

Es decir: los que sin pruebas de por medio ya encontraron culpables.

Unos y otros simulan, se simulan, se fingen contrarios y no se dan cuentan que ni siquiera son parecidos sino absolutamente iguales. Y son ex presidentes, ex candidatos, ex periodistas, senadores, bomberos, peluqueros, impuros y bienpensantes.

Hijos todos de la misma patria, de la misma mierda, y votantes y votados de los mismos políticos y el mismo pueblo.

A mi amigo Germán no lo asesinaron en la víspera de Navidad, quizá por eso –quiero creer que es por eso– no le hicieron un homenaje ni tampoco un monumento.

¡Qué tristeza!

En medio de tanta mierda, sin embargo, puedo imaginar a mi amigo Germán –un defensor irredento de las causas perdidas–poniéndose de pie en su butaca. Y mientras asistimos a una recreación burda y teatral escenificada por la absurda y grotesca sociedad en la que nacimos, le escucho gritar con su eterna voz justiciera, leal, contestataria y libre:

“México… ¡Fuck you!”

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