El Aleph portátil

Por ANDRÉS TAPIA

En el sótano de una casona de la calle Juan de Garay, en Buenos Aires, posiblemente en el barrio de Belgrano, Jorge Luis Borges, a través de Carlos Argentino Daneri, su álter ego y a la vez un anagrama imperfecto de Dante Alighieri, descubrió El Aleph.

Para Carlos Argentino Daneri, primo hermano de Beatriz Viterbo (el eterno pero inasible amor de Borges), El Aleph es “uno de los puntos del espacio que contiene todos los puntos”. Y agrega: “…el lugar donde están, sin confundirse, todos los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos”.

Es ya Borges, y no Carlos Argentino Daneri –aunque en realidad sean la misma persona–, quien describe al Aleph como una “esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor” y cuyo diámetro es de dos o tres centímetros, “pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño”.

Publicado en 1945 en la revista Sur, a 68 años de distancia han dejado de ser secretos los simbolismos –los evidentes y los aparentemente ocultos– del cuento de Borges: Carlos Argentino Daneri es, a un mismo tiempo, Dante y Virgilio; Beatriz Viterbo es Bice y el propio Borges es también Dante. Por lo demás, el sótano es un representación del infierno y El Aleph alude aleatoriamente al paraíso, el caos, la belleza y el Universo mismo.

En aquel tiempo, en un mundo que aún padecía los estertores de la Segunda Guerra Mundial, Jorge Luis Borges –de la mano de su erudición y poesía– buscó la única salida que conocía, y la más certera, para escaparse de los horrores de una guerra como no había conocido el mundo jamás. Hablo de la literatura, por supuesto, de esa puerta cuya llave muchos suponen tener, pero que a sólo unos cuantos mortales les ha sido dado poseer.

Borges la tenía y la usó para abrir dicha puerta con la creación de El Aleph. Pero, una vez dentro, no conforme con echar llave y cerrarla, decidió que dentro de la literatura misma existía otra puerta, una de la cual, sin embargo, no tenía la llave.

Humilde y soberbio, como cualquier otro mortal que se empeña en conocer los secretos del Universo, Borges horadó en la madera una rendija, la talló y le dio forma, y la convirtió en una esfera –tan similar a la mirilla de una puerta– a través de la cual podría atisbar esa frontera que no existe dentro de la literatura, pero que él creó para diferenciarse de Dios y seguir siendo, simplemente, un hombre.

Hace unos días mi amigo José Ramón Huerta llamó mi atención, con un dejo de reproche, por mi consuetudinaria aunque –a despecho suyo– no insana manía de mirar mi teléfono celular.

Me exculpé de su reproche con una mala broma: “No me molestes, estoy mirando si Kim Jong-Un ya apretó el botón y envió la bomba”. En realidad miraba nada y todo al mismo tiempo.

Nada y todo: El Aleph mismo. Una ensoñación de la realidad o la realidad defenestrada por sus propias pretensiones. En un objeto rectangular de 12.3 centímetros de alto, 5.8 de ancho y 0.6 milímetros de profundidad, contemplé dos ojos de Luna nacidos en España, engendrados en Argelia y hoy yacentes e inquietos en Monterrey, México. Vi también las cabezas de un hombre y una mujer, ignorantes de su pasado y en un brevísimo instante paradójicamente conscientes de su destino, desprenderse de sus cuerpos sin horror, sin tristeza, sin nada… ni siquiera sangre.

Un parpadeo después descubrí a un Cristo de mentira que se quitó los clavos, descendió de la cruz y acabó por curarse las heridas en un bar de mala muerte en el barrio mexicano de Iztapalapa. Detrás de él apareció un hombre pequeño, casi un chico, al que cosían a patadas en uno de los campos más verdes que mi memoria ha contemplado jamás. Un chico, un hombre, las dos cosas, que pateaba una pelota a pesar de su estatura, a pesar de otros hombres y otros chicos empeñados en detenerlo. Pero no se detenía, se levantaba cada vez, una y otra, hasta llevar esa pelota a estrellarse contra una red. Recuerdo que el chico respondía al nombre de Lionel. Pero el hombre se llamaba Messi.

A través de esa ventana tornasolada que podía asir con una sola mano, introducir en el bolsillo trasero de mi pantalón o abandonar inerte y casi muerta en mi mesilla de noche, también contemplé la economía de un gigante reducirse a polvo, a un presidente negro dirigir a los Estados Unidos, y a un dictador imberbe y loco atisbar a través de unos binoculares el hongo inimaginable y mortal que produce una bomba atómica.

Y también escuché la canción más feliz de Los Beatles, miré una fotografía de mis sobrinos Sofía y Daniel, y vi la calle más famosa de Memphis, “…un laberinto roto (era Londres)” […] y “…un poniente en Querétaro que parecía reflejar el color de una rosa en Bengala…”.

Luego… luego dejé mi iPhone en la mesa, le di un sorbo a un vaso de whisky y dije en silencio: “Perdóname, José Ramón. Estaba mirando uno de los puntos del espacio que contiene todos los puntos. El lugar donde están, sin confundirse, todos los lugares el orbe, vistos desde todos los ángulos. Es un rectángulo tornasolado, de casi intolerable fulgor, y de dimensiones de apenas 12.3 por 5.8 centímetros… Pero el espacio cósmico está ahí, sin disminución de tamaño”.

Al igual que Borges, una noche perdida de 1945: “…vi el Aleph, desde todos los puntos, vi en El Aleph la Tierra, y en la Tierra otra vez El Aleph y en El Aleph la Tierra, vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo”.

Y como él, también –¿para qué negarlo?–: Sentí infinita veneración, infinita lástima.

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