El discurso que Enrique Peña Nieto no pronunció jamás

Por ANDRÉS TAPIA // Fotografía: PETE SOUZA

EPIFANIO ÁLVAREZ CARVAJAL: Me encuentro en un salón lleno de guerreros, líderes y campeones.

La noche del viernes 26 septiembre de 2014, mi querido hijo, mi amado Jorge que entonces tenía 19 años, estuvo entre los 43 estudiantes que desaparecieron –y seguramente fueron asesinados e incinerados– en algún lugar cercano a la ciudad de Iguala, en Guerrero.

En los 15 meses que han pasado desde que esas 43 preciosas vidas se perdieron en ese sitio, muchas más vidas se han perdido en México debido a la violencia, la delincuencia y la corrupción que azota al país. Muchas más personas, también, que hoy escuchan estas palabras, se hallan de luto debido a la muerte de un ser querido debido a la violencia, la delincuencia y la corrupción. Como nación tendríamos que hacerlo mejor, porque somos mejores, mucho mejores que esto.

El 13 de abril de 2015, tuve el honor de presentar al presidente Enrique Peña Nieto en los jardines de la residencia oficial de Los Pinos. Desafortunadamente fue para anunciar que una iniciativa de ley que había sido propuesta para implementar una reforma para combatir la corrupción entre los funcionarios públicos y las fuerzas del orden, había sido rechazada por algunos miembros del Congreso.

Sin embargo, ese día el presidente Peña Nieto ofreció un discurso que estaba palpablemente cargado de genuina pasión y compromiso. El presidente hizo la promesa de no rendirse.

Recuerdo haber estado ahí con mi familia, las familias de los otros 42 estudiantes desparecidos y el secretario Osorio Chong, escuchando a nuestro presidente hablar. Repentinamente nuestros sentimientos de desesperanza fueron sustituidos por sentimientos de esperanza. Recuerdo haber pensado: “¿Quién va a ayudarlo con esto? Es una tarea monumental”.

A partir de entonces, he conocido, respetado y aprendido de muchos individuos y organizaciones que están haciendo un trabajo estupendo en este rubro… muchos de ellos están aquí ahora mismo…

Muchas personas que trabajan en la prevención y erradicación de la violencia, el crimen y la corrupción, han sostenido numerosas reuniones con el secretario Osorio Chong, el presidente Peña Nieto y sus asesores para continuar con esta iniciativa. Pero no podemos hacerlo solos. El presidente no puede hacerlo solo. El punto es que cualesquier muerte de cualesquier persona en este país debería poder prevenirse. Y necesitamos su ayuda. Necesitamos a todo el mundo comprometido en esto.

El presidente Peña Nieto hizo una promesa como candidato electo y una promesa como padre: proteger a los niños y jóvenes de México, hacer nuestras comunidades más seguras, y frenar la pérdida de vidas debido al crimen organizado, la violencia y la corrupción.

Es así como hoy celebramos otro ejemplo de cómo el presidente Peña Nieto y el secretario Osorio Chong han mantenido vigente su promesa.

Es un gran honor para mí presentarles al presidente de México, Enrique Peña Nieto, y al secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong.

 

ENRIQUE PEÑA NIETO: Gracias… (aplausos) Gracias… Gracias… Por favor tomen asiento. (aplausos) Gracias. Muchas gracias…

Epifanio, quiero agradecerle por su introducción. Aún recuerdo la primera vez que nos encontramos, el tiempo que pasamos juntos y la conversación que tuvimos acerca de Jorge. Eso me cambió ese día. Y mi esperanza, y lo digo muy seriamente, ha sido desde entonces que el país pudiese cambiar a partir de ello.

La noche del día 26 de septiembre de 2014 es una noche que vivirá siempre como una llaga purulenta en los corazones de todos los que nacimos en este país. Una noche larga, terrible, cuya sombra y efectos, a más de un año de distancia, todavía nos laceran y fustigan, no sólo como sociedad y como nación, sino también como individuos.

Esa noche infausta en la que Jorge desapareció, en la que otros 42 hijos de 84 padres desaparecieron, la esperanza y la decencia fueron heridas de muerte. Ni usted, Epifanio, ni yo, ni ningún otro padre o madre tendría jamás que lamentar la pérdida de un hijo, al menos en las circunstancias que tuvieron lugar en la ciudad de Iguala.

En voz del personaje principal de una de sus novelas más celebradas, Carlos Fuentes escribió: “Mi nombre es Ixca Cienfuegos. Nací y vivo en México D.F. Esto no es grave. En México no hay tragedia: todo se vuelve afrenta”.

A contracorriente de lo escrito por una de las más grandes figuras literarias que ha entregado México al mundo, quisiera decir que hoy nacer y vivir en México es grave… muy grave. Pero, por lo demás, triste y dolorosamente tengo que coincidir con Fuentes: “En México no hay tragedia: todo se vuelve afrenta”.

El 26 de septiembre de 2014 México sufrió una nueva afrenta, una más de las tantas que ha padecido en los últimos tiempos, llámense Guardería ABC, San Fernando, Casino Royale, Acteal, Villas Salvarcar… Decenas, cientos, miles de vidas sesgadas y apagadas por las manos del crimen organizado, por la connivencia, la omisión o la franca y monstruosa complicidad de funcionarios federales, de las fuerzas del orden o del propio ejército con los primeros.

Asumo la responsabilidad que me compete. Yo y el secretario Osorio Chong –que en todo este tiempo se ha portado como un paladín– la asumimos plenamente. Sin embargo, a pesar de nuestros esfuerzos, de lo denodado de nuestras intenciones, es claro y cierto que no hemos podido detener la sangría que aqueja a este país y que nos impide trascender como nación ante el mundo.

México no es el único país de la Tierra con gente violenta, peligrosa y corrupta. No somos más proclives que cualquier otra nación a la violencia. Pero sí somos el único país del mundo que ve ocurrir cada vez y con mayor frecuencia este tipo de masacres. No ocurre en otros países, ni siquiera de cerca. Pero, como he dicho antes, nos hemos vuelto insensibles y hemos empezado a pensar que tanta violencia es algo normal.

Es cierto, sabemos que no podemos detener todos los actos de violencia y corrupción, cualesquier acto de maldad en el mundo. Pero quizá podríamos tratar de detener un solo acto de maldad, un solo acto de violencia. No, no podemos salvar a todo el mundo, pero quizá podríamos salvar a algunos cuantos.

Llegado a este punto, tengo que decirle, Epifanio, a usted, al resto de los padres de los otros 42 jóvenes que desaparecieron la noche del 26 de septiembre de 2014, a la nación misma, que a pesar de mi incompetencia y el fracaso de la promesa que hice como presidente electo, no me rendiré. Un día este país será verdaderamente seguro, próspero y feliz. Los asesinatos se reducirán al mínimo, la corrupción desaparecerá y las desapariciones de la gente tendremos que atribuirlas a seres del espacio que buscan conejillos de indias en la Tierra.

Cada vez que pienso en su hijo Jorge, en los otros 42 estudiantes de la Escuela Normal de Ayotzinapa, me pongo muy mal. Y me pongo mal, también, cuando cada día escucho acerca de una nueva muerte, de una nueva injusticia, de un nuevo acto de corrupción.

Me comprometo a iniciar el cambio que sacará a México de las tinieblas, de las cloacas en las que hemos habitado durante las últimas tres décadas. Pero hoy reconozco ante todos ustedes que no puedo hacerlo solo y que necesito de su ayuda.

Hemos hecho mucho, pero ha sido insuficiente. Hoy tenemos que hacer más y mejor. Y mañana tendremos que duplicar este esfuerzo. Y si lo hacemos, si conseguimos marchar juntos y en la misma dirección, dejaremos detrás de nosotros a una nación mucho más fuerte de la que heredamos.

Tras ser elegido premier del Reino Unido, Winston Churchill dijo al pueblo británico: “Excepto sangre, sudor y lágrimas no tengo más que ofrecerles”. Eso mismo es lo que les he dado hasta ahora. Pero hoy, a partir de hoy, eso empieza a cambiar.

Y no empeño mi palabra, mi puesto o mi persona. Empeño mi vida. Y la vida –persiguiendo un México más justo, próspero y feliz– se me irá en esta empresa.

Muchas gracias.

 

Texto ficticio elaborado a partir de los discursos que pronunciaron Mark Barden (padre de uno de los chicos que fueron asesinados en la escuela primaria Sandy Hook Elementary de Newtown, Connecticut, el 14 de diciembre de 2012) y el presidente Barack Obama, en el Salón Este de la Casa Blanca el pasado 5 de enero, en torno a la implementación de medidas para reducir las muertes por armas de fuego en los Estados Unidos.

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