El día que conocí a Paris Hilton (feat. El Chapo Guzmán)

Por ANDRÉS TAPIA

La entrevista se realizó en el hotel Distrito Capital –el cual se localiza en el barrio de Santa Fe en la zona Oeste de la Ciudad de México–, en algún momento del año 2011. Paris Hilton, la socialité estadounidense, visitaba México a propósito del lanzamiento de una nueva línea de zapatos de la que ella era propietaria e impulsora.

Yo era el editor adjunto de la revista GQ México y, cuando me ofrecieron entrevistarla, pensé que acaso sería posible conseguir una buena pieza periodística si la confrontaba con preguntas y temas a los que ella poco o nada se exponía. Barack Obama estaba a punto de entrar en la recta final de su primer mandato e iniciar la campaña electoral para el segundo, y yo ingenuamente pensé que la heredera del emporio de Conrad Hilton (su abuelo) podría trascender a su estatus de niña mimada, caprichosa y superficial.

Llegué al hotel y me presentaron a uno de sus publirrelacionistas, un tipo joven, delgado como hipster, tan irrelevante e imbécil que de inmediato pretendió aleccionarme: “GQ produce buenas historias… enfócate en sus logros como empresaria, modelo, actriz y cantante, no le hagas preguntas sobre política o su vida personal, ¿vale?”. “Sí, claro, despreocúpate”, le respondí.

(Tipos como ese abundan en el medio de la farándula. Fungen de pararrayos, de guardaespaldas amables, de guardias pretorianos que se encargan de resguardar el círculo más íntimo de una celebridad aunque, al hacerlo, sin comprenderlo siquiera, ellos mismos se impregnen de la esencia de la persona a quien protegen. Unos meses antes, también en la Ciudad de México, había entrevistado a la cantante Katy Perry, una celebridad cuya música puede ser cuestionada en cuanto a su profundidad y trascendencia, pero no así su calidad humana como tampoco la de la gente que la rodea. Los publirrelacionistas de Perry, excepto hacer énfasis en la duración de la entrevista, no pusieron ninguna condición).

Llegué a tiempo. Sin embargo, como suele ocurrir con este tipo de entrevistas y personalidades, me hicieron esperar media hora. Cuando al fin alguien dio la orden (Next journo, go ahead, go ahead!), me hicieron pasar a la suite donde tendría lugar la charla. Era una habitación cuadrada, casi pequeña, diseñada ex profeso para aprovechar cada centímetro existente. Al traspasar la puerta, un pasillo estrecho conducía a una sala de estar detrás de la cual había una terraza; fui el primero en ingresar.

“Espera aquí”, me dijo alguien, mientras señalaba un mullido y espacioso sillón. A punto de cumplir con su sugerencia, mientras contemplaba la terraza a la cual iluminaba el sol posterior al mediodía, me di la vuelta y descubrí que, a un costado del pasillo que daba entrada al lugar, se situaba un baño pequeño cuya puerta estaba abierta. En ese baño, en ese momento, estaba Paris Hilton con la falda levantada y acomodándose las panties mientras se miraba al espejo.

He dicho panties, pero en realidad se trataba de una tanga. Y si he de ser más vulgar y específico, era una de esas tangas que reciben el nombre coloquial y tanto más vulgar de “hilo dental”. Ignorante de la presencia de un periodista –por quién sabe que ignota razón–, Paris Hilton se miraba al espejo y acomodaba sus bragas.

Tal imagen tendría que haberme impresionado. Fascinado. Excitado. Pero nada de eso ocurrió. Yo tenía en la mente hacer una entrevista extraordinaria con una socialité, una de las mujeres más bellas del Mundo, y para conseguirlo tendría que sacarla de su zona de confort y ubicarla en una zona de riesgo. La visión de su maravilloso trasero –eso no voy a negarlo– no consiguió apartarme de mi idea original. Un segundo después desvié la mirada –soy un caballero–, y aguardé por su presencia delante mío.

Paris Hilton es una muñeca de porcelana pero encarnada en un ser humano. Tan improbable e imposible que resulta artificiosa. Nos sentamos juntos, en un sillón amplio, mientras una nube de personas nos contemplaba expectantes. Condiciones tales no son las mejores para realizar una entrevista, pero he aprendido a bloquear la presencia de extraños y a trasladarme a un planeta distinto y distante cuando tales cosas ocurren.

“¿Qué opinión te merece el presidente Barack Obama, Paris?”, solté premeditada, alevosa y ventajosamente ante una mujer que minutos antes me había mostrado, sin pretenderlo, su trasero. Las pupilas de sus ojos azules se dilataron. Su sonrisa boba y artificial se hizo más boba y llegó al grado del absurdo. Las cejas de todos los presentes se dilataron como si fuesen los arcos de los persas acechando a los espartanos en la Batalla de las Termópilas.

Paris Hilton no respondió. Una sonrisa nerviosa atravesó su rostro como si fuese una bala perdida. El publirrelacionista hipster se sacudió insolente como si un nuevo terremoto estuviese aconteciendo en la Ciudad de México. “¿Podemos hablar de otra cosa?”, dijo. Y lo que dije yo fue lo siguiente: “¿Nada, Paris, nada tienes qué decir de Barack Obama?”.

Paris Hilton continuó sonriendo nerviosamente. Negó con la cabeza sin decir una sola palabra. Y mientras eso ocurría el publirrelacionista hipster agitaba los brazos, furioso.

“Hablemos entonces de zapatos”, dije. Y Paris Hilton volvió a su zona de confort.

Excepto a dos, tres, quizá cuatro amigos, no había contado jamás esta historia. Y no me refiero a la entrevista fallida con Paris Hilton (que, por supuesto, no se publicó), sino a esa escena en la que contemplé a una de las mujeres más bellas del mundo acicalándose el trasero.

Si la cuento ahora es porque me sumo a la andanada del gobierno de México, presidido por Enrique Peña Nieto, de humillar tanto como sea posible a Joaquín Archivaldo Guzmán Loera, “el Chapo Guzmán”, quien se sintió halagado porque la actriz Kate del Castillo le dedicó una carta y unos cuantos elogios, y se atrevió, a riesgo de hacer mierda su vida, a citarse y charlar con uno de los peores criminales que ha conocido el Mundo.

Y no es por Paris y su desfachatez. Tampoco por Kate y su desfachatez. En realidad es por ti, Joaquín, que creíste, crees, que el Mundo te pertenece, que todas las mujeres te pertenecen.

Te deseo suerte en la prisión de máxima seguridad que te espera en los Estados Unidos.

En ese sitio aprenderás a concebir a las mujeres como seres mitológicos.

Y poco a poco, como tu pene, te irás haciendo más enano de lo que eres.