Morir en Islandia y morir en México

Por ANDRÉS TAPIA // Fotografía: GADVENTURES.COM

El viajero común que por alguna extraña razón decide visitar Islandia, apenas trasponer las puertas del Aeropuerto Internacional de Keflavík, deberá abordar un autobús conocido como Flybus, el medio de transporte más común para dirigirse a Reykjavík, la capital del país, que está situada a 50 kilómetros en dirección noreste.

El viaje hacia la ciudad, que no toma más de 45 minutos, discurre por la costa norte de la Península de Reykjanes y la mayor parte del tiempo, en la cercanía o en la distancia, puede observarse el romper de las olas del Océano Atlántico Norte. La inmensidad del mar que se avizora y adivina, empero, no es lo que atrae la mirada de los viajeros, sino los restos de las rocas volcánicas de color negro que, a modo de arrecifes que sobresalen por encima del agua, advierten que esa isla que está situada al este de Groenlandia y en consecuencia muy cerca del Polo Norte, es un país que no se parece a ningún otro sobre la Tierra.

Esas rocas son los vestigios de la actividad volcánica que desde hace miles de años tiene lugar en Islandia y es producto de los casi 50 volcanes, activos o extintos, que alguna ocasión, o varias, han hecho erupción y ejercido de arquitectos en el paisaje de uno de los lugares más aterrenales y fantásticos del Mundo.

Viajé a la “isla de hielo” el año 2001, casi al final de la primavera, motivado por conocer el país en el que había nacido Björk, la compositora y cantante, que en una canción acuñó la frase “emotional landscapes”, refiriéndose con ello a la geografía de Islandia, y que a mí me pareció el copywriting más poético que se ha hecho acerca de un lugar del planeta. Sin embargo, mientras caminaba por uno de los pasillos del aeropuerto de Keflavík, descubrí un cartel creado por el ministerio de Turismo que pese a carecer de la maravillosa crudeza vertida por Björk, exacerbó aun más mis expectativas: “Iceland: Europe’s Best Kept Secret”.

Llegué ahí una tarde a principios de mayo. La mañana de ese día había cogido un tren en Berlín que me llevó a Frankfurt, luego de una noche de celebración y tristeza en la que un grupo de becarios que se volvieron amigos y procedían de ocho países de Latinoamérica, se dijeron adiós. No dormí esa noche, si bien dormité en el tren y en el avión. Y cuando llegué a Keflavík y emprendí el camino a Reykjavík, los paisajes emocionales de Islandia me mantuvieron despierto.

Al llegar a mi hotel, a eso de las 17:00 horas, me despojé de la ropa y caí sobre la cama: me dije que un par de horas de sueño sería suficiente. Cuando desperté mi reloj de pulsera marcaba las 02:00 horas. Una ventana situada en un techo de corvejón dejaba entrar la luz de un día soleado y magnífico. Caí en la cuenta, y creí, que había dormido más de 20 horas. No fue así. Había dormido profundamente 10 horas y en ese momento eran las 02:00 AM. Maravillado, como quien contempla por vez primera un copo de nieve en sus manos, descubrí y miré el sol de medianoche de Islandia.

Volví a dormir, desperté temprano, y pregunté a la concierge del hotel si ese día –un día con el cielo encapotado de nubes grises– era un buen día para visitar la Laguna Azul. “¡Es un día perfecto para ir a la Laguna Azul!”, respondió con una sonrisa que tenía mucho de marketing, pero que me pareció distaba de ser honesta. “¿Te agendo la excursión?”, preguntó.

Dije que sí. Una hora más tarde apareció un auto utilitario con tres personas dentro: la conductora y dos turistas, uno procedente de la República Checa y otro de Nueva York. Yo fui el cuarto pasajero. Curvado el cielo de nubes ya no grises, sino negras, amenazantes de una lluvia que nunca cayó, serpenteamos el paisaje agreste, infinito y emocional de Islandia hasta llegar a un sitio en el que abundaban paredes negras hechas de rocas de lava que semejaban la geografía de Mordor, la tierra maldita de El Señor de los Anillos. Un recoveco aquí, un pliegue allá, y detrás de un promontorio de piedras un resplandor en medio del día más gris que he visto en mi vida tuvo lugar. Era el resplandor de la Laguna Azul.

Me bañé en aquel sitio, un spa natural de aguas azules y termales al que los islandeses han dado otro propósito: servir de sistema de calefacción, a partir de la construcción de túneles, para las calles de Reykjavík y poblados cercanos.

Hice eso, y otras cosas, como montar en un veloz caballo islandés, una especie creada en la isla, y visitar la catarata de Gullfoss, un declive profundo e improbable sobre la tierra que nace a partir del río Hvítá. También bebí un whisky en un bar irlandés situado en Laugavegur, la calle que equivale a la Quinta Avenida en Nueva York o a los Campos Elíseos en París, y contemplé al hombre más triste del mundo, un anciano que, me pareció, tras terminar su trago regresaría a casa y se pegaría un tiro en la sien. Ignoro si cumplió con mis insanas ensoñaciones, pero tras levantarse de la barra en la que ambos, solitarios, bebíamos, me sonrió.

El recuerdo de mi viaje a Islandia surge a partir no de la nostalgia, sino de mi nacionalidad y del hecho, no circunstancia, de que entre el periodo comprendido entre los años 1999 y 2018, en la isla de hielo sólo han tenido lugar 37 asesinatos. Veinte años, dos décadas, y en ese sitio cercano a Groenlandia y al Polo Norte, sólo 37 personas han sido asesinadas. En mi país, México, ese lugar común pero bastante extraño que está situado entre los Estados Unidos y Centroamérica, en ese mismo periodo han tenido lugar, de forma aproximada, 350,000 homicidios.

Los datos expuestos aquí no tienen qué ver conmigo ni forman parte de la narrativa oficial del gobierno de México que, al menos, en esta situación trata de ser medianamente honesto. Forman parte del Estudio Global de Homicidios 2019 llevado a cabo por la División de Drogas y Crímenes de la Organización de las Naciones Unidas (UNODC, por sus siglas en inglés), un organismo al que nadie puede contrastar ni desafiar con otros datos, así el desafiante sea el presidente de México, el hombre que rige el destino de la república bananera en la que nací y vivo.

El año más sangriento de Islandia registra cinco homicidios, y fue el año 2000; el más sangriento de México, de acuerdo a un galimatías llamado Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SESNSP), fue el año pasado y registra algo más de 35,500 asesinatos.

Algunos medios de comunicación de Islandia creen que cuatro homicidios en 2017 suponen un incremento cercano a la barbarie. A un tipo llamado Alejandro Hope, mexicano, analista de seguridad, le parece una buena noticia que, en México, “en términos absolutos, el número de víctimas (en 2019) aumentó 1.8% en comparación con 2018. Si se considera el crecimiento poblacional (1.3% aproximadamente), el incremento en la tasa de homicidio fue marginal. Esto es sin duda una buena noticia, después de tres años consecutivos de crecimiento de dos dígitos”. Hope matiza, empero, al señalar que “La buena noticia sobre la trayectoria de la curva no alcanza para borrar el horror de los números absolutos. La estabilización se está dando en un nivel extraordinariamente elevado: en promedio, tuvimos casi 100 víctimas de violencia letal por día. Para poner el dato en perspectiva, España registra aproximadamente 300 homicidios por año. Es decir, en tres días alcanzamos en México el total anual de ese país europeo. De hecho, el número de víctimas de homicidio en México es mayor que el total conjunto de todos los países de Europa“.

Hope –un ejemplo paradójico y metafórico al que acudo porque en el idioma inglés su apellido significa esperanza–, es uno de varios analistas, periodistas y expertos mexicanos que se han decantado por defender a políticos de la misma nacionalidad sobre los cuales existe algo más que sospechas sobre su reputación.

Siendo pragmático Islandia es un país aburrido, con muy pocos días de sol al año, repleto de frío, carente de relaciones interpersonales en el que la revolución feminista ha triunfado y por ello los delitos relacionados con las cuestiones de género han aumentado considerablemente. Pero los feminicidios son algo tan extraño e improbable como un unicornio.

Morir en Islandia es morir de viejo, aquejado por la senilidad, por el Alzheimer, por una gripe estúpida. Pero si tienes mala suerte, muy mala suerte, alguien te asesinará. Y será alguien que conozcas, porque en Islandia existe, todavía, esa relación entre la víctima y el victimario que humaniza el asesinato.

Morir en México es otra cosa. Es matar, porque matar en México es una tradición, una cosa de todos los días. Algo que debe celebrarse: alrededor de 350,000 en 20 años. En Islandia son estúpidos: apenas 37 muertos en el mismo periodo.

En esas está este país de mierda.