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Por ANDRÉS TAPIA

El acto de mentir ostenta dos facetas: la benévola y la malévola. La primera es utilizada para salvarse a uno mismo (en La Biblia, con tal de no ser apresado, Pedro el Apóstol miente y niega a Jesús tres veces). La malévola, en cambio, tiene por objetivo engañar a los demás y obtener una ventaja (sin existir contacto alguno, Cristiano Ronaldo se arroja al césped dentro del área y finge haber sido tropezado por un contrario con tal de que el árbitro señale un tiro penal a favor de su equipo).

En el primer caso, la mentira se halla patinada de cobardía. En el segundo, de perversidad.

Por ANDRÉS TAPIA

Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México.

Marzo 17, 2014.

19:00 horas.

Una agente federal de aproximadamente 1.65 metros de estatura, me detiene tras haber superado el semáforo del control de aduanas. En México se práctica una inspección aleatoria para detectar el ingreso de mercancías susceptibles de pago de impuestos al país. Dicha inspección es muy simple: un panel electrónico exhibe un botón de color rojo que los recién llegados, nacionales o extranjeros, deben oprimir luego de haber sometido a un scanner todo el equipaje que portan consigo. Si luego de oprimir el botón la pantalla se ilumina de color verde, el viajero obtiene un salvoconducto para evitar la inspección; si en cambio es rojo, deberá someter todo su equipaje al escrutinio de los “feds”.

Por ANDRÉS TAPIA

Una noche de hace algunos años, acordé encontrarme con una amiga tan pronto ella terminase con una traducción que realizaba. Dijo que concluiría avanzada la noche o quizá de madrugada; le respondí que la esperaría. Sin embargo, para matar el tiempo, decidí aceptar la invitación de otros amigos para asistir a un bar cercano a la casa de ella.

Por ANDRÉS TAPIA

“Cuento las cosas con imágenes, así que tengo que atravesar por fuerza esos corredores llamados subjetividad”.

Federico Fellini

Conocí a Gustavo Moheno en la redacción del periódico El Sol de México el año de 1990. Yo había abandonado la universidad y buscaba trabajo desesperada y afanosamente. Él, por su parte, quería escribir de cine si bien su deseo era más un artilugio para convertirse en director de cine. Yo tenía 22 años; él, 17.

Por ANDRÉS TAPIA

“La mañana del tercer día era fresca y serena. Una vez más, el solitario vigía de la noche fue reemplazado en el trinquete por una multitud de vigías diurnos que puntearon cada mástil, cada verga.

––¿La ven? ––gritó Ahab.

Pero la ballena aún era invisible.

––No tienen más que seguir su estela. Es infalible. Y eso es todo. ¡Eh, timonel, en rumbo! ¡Siempre el mismo! (…)”.

Moby Dick o La Ballena Blanca (La caza. Tercer día)

Por ANDRÉS TAPIA

Ésta no es mi historia. No participo en ella ni tampoco la escribí. Pero algo tiene que ver conmigo. Algo.

Una mañana azul de un día de marzo, en un orfanato feliz (si tal cosa puede existir), una niña llamada María conoce a un chico más o menos de su misma edad (o quizá de su misma edad) que padece una disfunción cerebral y motriz en todo el cuerpo. El chico no tiene nombre, aunque esto no es exacto: sí lo tiene, es sólo que no puede decirlo. Y, si pudiese, seguramente no lo recordaría.

Por ANDRÉS TAPIA // Fotografía: CUARTOSCURO

Al gobernador del estado mexicano de Veracruz le gustan las fotografías, las redes sociales y es un practicante denodado del culto a la personalidad.

Se llama Javier Duarte, nació el 19 de septiembre de 1973, posee una licenciatura en Derecho por la Universidad Iberoamericana de la Ciudad de México, una Maestría en Derecho, Economía y Políticas Públicas por el Instituto Universitario Ortega y Gasset (de la Fundación José Ortega y Gasset de Madrid, España), y también es maestro en Gestión Pública Aplicada en el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey (ITESM), amén de contar con un doctorado en Economía e Instituciones por la Universidad Complutense de Madrid (todo ello de acuerdo a los datos que recoge la Wikipedia).

Por ANDRÉS TAPIA

En el año 2010, un chico estadounidense llamado Kevin Systrom, de entonces 27 años, rentó una casa en Baja California, México. Había viajado junto con su novia para tomarse un descanso de la “realidad”. Un día, mientras caminaba por la playa con su chica, ella le preguntó cómo es que un amigo suyo había subido a una red social “fotos tan increíbles” con una aplicación que el propio Systrom había desarrollado unos meses antes. Él respondió llanamente: “Filtros”.

Por ANDRÉS TAPIA // Foto: JOE CAVARETTA – AP

El 26 de diciembre de 1946, Benjamin “Bugsie” Siegel organizó una fiesta fastuosa en el Hotel Flamingo de Las Vegas, Nevada. Se trataba en realidad de la inauguración del inmueble en el que Siegel, un capo de la mafia que buscaba redimirse, había puesto todas sus esperanzas. Pero nadie llegó… al menos no quienes él esperaba. Tan sólo se presentaron unos cuantos lugareños y algunas celebridades menores que conocían a Siegel e hicieron el viaje en auto desde Los Ángeles, California.

Por ANDRÉS TAPIA

Escribo a la luz agonizante de la última vela de mi árbol de Navidad.

Hace poco menos de tres horas, 29 bujías iluminaban la sala de mi casa. En este momento, sólo una permanece encendida.

No creo en Dios ni en los ángeles. No creo en Los Beatles o en Elvis. Tampoco en Barack Obama o en Angela Merkel. Mucho menos en Miguel Herrera, en Lionel Messi o en la Selección Nacional. En realidad no creo en nada, pero por alguna extraña razón suelo aferrarme a los clavos más ardientes. Incluso, lo confieso, a una vela encendida.

Por ANDRÉS TAPIA // Fotografía: TOM CHAMBERS

Quienes lean estas líneas y no estén familiarizados con la expresión que da título a esta columna, tendrían que saber que esta última forma parte de la ideología, la idiosincrasia y los modus vivendi y operandi de la gente nacida en México. Paradójicamente, a pesar de que se halla situada entre dos signos de interrogación, no se trata de una pregunta, sino de una afirmación. Y lo que afirma es una verdad de Perogrullo, matizada con el singular cinismo de una sociedad poco adepta al cumplimiento de las reglas y en cambio adicta a la impunidad: “un poco no es demasiado”.

Por ANDRÉS TAPIA

Carl Jung llamó sincronicidad a “la simultaneidad de dos sucesos vinculados por los sentidos pero de manera no causal”. No es sencillo explicar esto, pero lo intentaré.

Un hombre se halla en el intento de escribir un relato acerca de una entrevista que sostuvo con el escritor mexicano Carlos Fuentes hace 16 años. Es casi la medianoche de México y el relato avanza… pero no va a ningún lado. Cuando el hombre cae en la cuenta de esto, inexplicable y repentinamente vuelve a una vieja obsesión: analizar el comportamiento de los asesinos mexicanos que forman parte del crimen organizado.