Por ANDRÉS TAPIA // Fotografía: LUIS ALBERTO CASTILLO

“Doce minutos a casa. En este momento tránsito normal”. Con alguna variante en relación al tiempo, esta notificación me ha sido entregada en mi iPhone desde hace un par de semanas justo en el momento en que abordo mi automóvil, pocos minutos después de haber salido del trabajo.

La primera vez que ocurrió estaba distraído y no entendí ni me sorprendió: pensé que se trataba de un error o que inadvertidamente había puesto en marcha una aplicación, pero en tanto devino en un hábito comencé a preguntarme con la curiosidad genuina de quien asiste ignorante a la celebración de un prodigio.

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Por ANDRÉS TAPIA

Me detuve fuera del Palacio de Westminster, justo en la entrada del estacionamiento utilizado por los Lords y los Commons. Un policía –alto, delgado, portador de un bigote discreto– hacía guardia mientras mantenía una pose que me pareció típica y naturalmente británica: sus manos estaban entrelazadas detrás de su espalda; su mirada escudriñaba el horizonte.

Era mi primera vez en Londres, en Gran Bretaña, y excepto algunos lugares comunes no tenía idea de nada. Le pregunté:

–¿Qué tan lejos está Abbey Road de aquí?

–Muy lejos, amigo –respondió.

Por ANDRÉS TAPIA

Recorro la línea de tiempo de mi página de Facebook. Es domingo y pasa del mediodía. Busco reacciones a la escandalosa derrota sufrida por la Selección Mexicana de Fútbol frente a su similar de Chile. Pero no hay mucho, en realidad nada. El acento de ese día está en una celebración que yo he olvidado hace tiempo. Es el tercer domingo de junio y en una gran mayoría de los países del Mundo se celebra el Día del Padre.

El mío se marchó de casa un día de 1981. Volvería a encontrarme con él 14 años más tarde, en la ciudad de Guadalajara, un poco antes de que mis amigos Iván Rivera y Rocío Díaz contrajeran matrimonio; eso ocurrió en el verano de 1995. Transcurrirían siete años más para volver a verlo. Y cuando lo vi estaba muerto.

Por ANDRÉS TAPIA

Es una noche tranquila. Salgo del trabajo, camino por ahí, decido ir a un bar. Es un bar familiar, conocido, estuve ahí hace dos noches. Pero no quiero beber un trago, no es eso lo que me motiva, tan sólo quiero pasar al baño y orinar. Y también quiero encontrarme con Salvador y María Luisa, dos amigos entrañables. Sé que están ahí, quiero que estén ahí. Pero no están.

Nadie me franquea la entrada, no hay gente, quizá porque es lunes. El recuerdo de Salvador y María Luisa es una pintura gótica que sólo existe en mi mente, un recuerdo, quizá un deseo, pero no más. Me dirijo al baño y atravieso el salón donde debería estar la barra, el bartender, la música y el aire lleno de conversaciones. Pero no hay nada, el salón está vacío, como si la historia nunca hubiese tenido lugar ahí.

Por ANDRÉS TAPIA

Cuando mi padre murió empaqué en dos viejas maletas una gran parte de sus pertenencias. No eran muchas, ciertamente, de modo que tuve que hacer una suerte de curaduría para saber qué llevarme conmigo y qué dejar atrás.

No le había visto en muchos años, y lo que vi cuando lo vi fue un cadáver al que había que identificar para sacarlo de la morgue. “¿Es éste tu padre”, preguntó un forense. Dudé sin dudar, miré sin mirar: tenía la boca abierta, los ojos hundidos, los párpados abiertos. Mi imaginación exacerbada, mi inteligencia y los cientos de novelas de detectives que había leído hicieron el resto: el infarto fue instantáneo. Papá cayó de la cama con el corazón perforado. Quiso halar oxígeno, pero ya no lo consiguió. Fue tan brutal y repentino que sus ojos no pudieron cerrarse.

“Sí, es él”, respondí.

Por ANDRÉS TAPIA

El día 25 de julio de 1980, en el contexto de los Juegos Olímpicos de Moscú –uno de los últimos estertores de la Guerra Fría–, el atleta mexicano Daniel Bautista, ganador de la medalla de oro en Montreal 1976, fue descalificado en la competencia de marcha de 20 kilómetros, a poco menos de 2,000 metros de llegar a la meta.

Han pasado casi 36 años de esa historia y mi madre me escribe desde Moscú. En un mensaje de Whatsapp que ingresa a mi celular a las 22:34 horas del 25 de mayo de 2016, me cuenta que ella y sus compañeros de viaje están hospedados cerca del estadio olímpico. Supongo que se refiere al Estadio Luzhnikí, en otro tiempo –el tiempo de la U.R.S.S.– conocido como Estadio Central Lenin, el sitio al que justa o injustamente no llegaría Daniel Bautista.

Por ANDRÉS TAPIA

Rick Blaine no podía enamorarse de ella. No se lo permitían el despecho ni el guion de Julius J. Epstein, Philip G. Epstein y Howard Koch. Pero ni el sentimiento ni los escritores le pusieron objeciones para que la mirase, desease y sedujese, con tal de paliar el recuerdo de Ilsa, aquella mujer nacida en Noruega de la que se enamoró en París el año de 1940 y la cual lo abandonó sin darle explicación alguna.

Yvonne era, pues, la segunda, la amante de adorno, el refugio en el cual podía guarecer su corazón roto y su ego maltrecho. Y no sólo eso: en términos dramáticos Yvonne representaba el contrapunto necesario para enfatizar la pasión de Rick por Ilsa: sin ella, el tipo rudo no consigue la justificación para su carácter, la emancipación necesaria para beber un whisky tras otro, y mucho menos el aura casi poética del macho alfa abandonado que, pertrechado en el encono de su amargura, halla en esto el pretexto justo para cometer tropelías y exigir en silencio ser rescatado.

Por ANDRÉS TAPIA

¿Qué fue lo qué pensaste ayer? Ah, sí, la historia del arquero que vive en la Luna. Estabas entusiasmado por causa de ese estadounidense llamado Ben Blaque que se presentó hace unos días en Britain’s Got Talent. Fue eso, sí, y tu fascinación enfermiza y desmedida por las armas medievales. En tiempos en que un fusil de asalto AK-47 tiene una cadencia de disparo y mortandad de 600 balas por minuto, disparar 12 flechas en el mismo lapso es un acto paradigmático de romanticismo.

Por ANDRÉS TAPIA // Fotografía ISRAEL P. VEGA

Padezco acrofobia. Quizá por ello me gusta observar a los obreros que construyen edificios. Y si son altos, muy altos, mucho mejor.

Vivo muy cerca de la Torre Mayor, en algún tiempo el edificio más alto de la Ciudad de México. Hoy en día, las recientemente edificadas torres Bancomer y Reforma, aunque sólo sea por unos cuantos metros, triste o felizmente la han superado en altura.

Cuando construían la Torre Mayor –no sé, no recuerdo, hace unos 15 años o algo así–, solía detenerme por las mañanas durante varios minutos para observar cómo izaban las vigas de acero –de cuando menos dos o tres toneladas de peso– que con precisión milimétrica se integraban a la estructura principal para formar así un nuevo piso.

Por ANDRÉS TAPIA

El doctor Mehran Tavakoli Keshe, de acuerdo a la biografía que sobre él aparece en la página de Internet de la fundación que lleva su nombre, es un ingeniero nuclear especializado en sistemas de control de tecnología de reactores, graduado por el Queen Mary College de la Universidad de Londres. Keshe habría nacido en Irán en 1958 y es hijo de un ingeniero en Rayos X.

Por ANDRÉS TAPIA

Pasa de la medianoche y cedes al impulso de verificar el espacio restante en la memoria de tu computadora: te restan 100.21 gigabytes libres de 249.8 originales. Tu computadora, que hace dos horas frotaste con un paño y un líquido especial para mantenerla limpia, no serviría de gran cosa para albergar los 2.6 terabytes de metadatos que suponen el universo de la filtración, investigación periodística o estratagema política que hoy se conoce como The Panama Papers.

Por ANDRÉS TAPIA

Más de una vez, el periodista mexicano Carlos Puig ha asegurado que hay ocasiones en que las columnas se escriben solas.

Es martes, 29 de marzo, y en la Ciudad de México pasan de las 14:00 horas. La temperatura raya en los 27 grados Celsius. No soy feliz, pero hoy me siento feliz, y quizá por ello suelto en silencio una carcajada cuando me entero, a través del periódico Reforma de la Ciudad de México, que un hombre llamado Alexander Caviel –británico, 21 años, de profesión asesor financiero y oriundo de Chelmsford, Essex– se fue de juerga, bebió una docena de shots de un coctel llamado Jagerbombs –más unos cuantos tragos de champagne y Amaretto Disaronno– y terminó su borrachera a 1448 kilómetros de donde la inició: ¡en Barcelona, España, sin haber tenido conciencia de cómo llegó ahí!

Por ANDRÉS TAPIA

¿Qué balance hace Kate del Castillo desde el punto uno –digamos ubiquemos el asunto en el tweet que mandaste al Chapo Guzmán–, a lo que ha pasado todo este tiempo y el momento qué vives? ¿Qué balance puedes hacer hoy?

La pregunta la formula la periodista mexicana Carmen Aristegui. Su entrevistada, la actriz –también mexicana, bueno, hoy por naturalización también estadounidense– Kate del Castillo, descrita por Diane Sawyer y el programa televisivo 20/20 de la cadena estadounidense ABC como una “latina superstar” (supongo que al decir superstar suponen que está a la altura de Meryl Streep, Juliette Binoche o Helen Mirren), suspira (o parece que suspira, en realidad a mí me parece que está tratando de inhalar oxígeno porque la realidad la está ahogando).

Por ANDRÉS TAPIA

El invierno de 1981 resolví el misterio de un juguete creado detrás de la Cortina de Hierro –específicamente en la ciudad de Budapest, Hungría–, que con los modos del contrabando había logrado evadir las tiránicas reglas del Pacto de Varsovia y se había vuelto popular en Occidente a partir de haber sido nombrado en 1980 “Juguete del año” en las ferias de Estados Unidos, Reino Unido y la República Federal Alemana.

Veintiséis piezas cúbicas unidas a través de un eje central habían sido emplazadas para formar un cubo cuyos seis lados –cada uno compuesto de nueve facetas alineadas en columnas de tres– exhibían cada uno un color distinto. El reto que ofrecía dicho juguete, tras hacer rotar aleatoria y caprichosamente sus 26 piezas, implicaba devolver el cubo a su posición original con todos los colores alineados. Ello significaba una sola respuesta correcta entre 43 trillones de posibilidades.

Por ANDRÉS TAPIA // Fotografía JOHN COOLEY

Conduzco de regreso a casa.

Estela de Carlotto, la presidenta de la asociación de las Abuelas de la Plaza de Mayo, habla en la radio y recuerda –con su dulcísima voz de abuela– cómo fue que logró encontrar al hijo de su hija Laura Estela, secuestrada y desaparecida el año 1977 en Buenos Aires. Casi treinta y seis años de búsqueda para descubrir que un hombre llamado Ignacio Hurban, quien es director y profesor de la Escuela Municipal de Música Hermanos Rossi, es su nieto. Alejandro Franco, un viejo y adorable conocido mío, entrevista a la abuela De Carlotto para W Radio. Ellos están en la mítica Buenos Aires. Yo en la Ciudad de México con su tráfico infernal de siempre.

Por ANDRÉS TAPIA

En una escena de la cinta El Padrino Parte III, Michael Corleone sostiene una charla con el Cardenal Lamberto, un personaje ficticio que en la historia de Mario Puzzo y Francis Ford Coppola alude a Albino Luciani, el nombre real del 263º Papa de la Iglesia Católica Romana, quien se negó a ser coronado y cuyo pontificado como Juan Pablo I tan sólo duró 33 días debido a su repentina y extraña muerte.

Corleone acude con Lamberto por consejo de don Tomasino, viejo amigo de su padre y consejero suyo, en la circunstancia de saberse estafado en la adquisición de un poderoso conglomerado de negocios por un grupo de conspiradores cuyos miembros forman parte de la Iglesia, la Mafia y los más altos círculos financieros de Europa, entre los que se incluye al Banco del Vaticano.

Por ANDRÉS TAPIA // Fotografía: AFP

Afganistán es un país extraño y reciente, por más antiguas que sean las planicies y las montañas que comprenden su geografía. Fundado en 1747 por Ahmad Shah Durrani –quien unificó a las tribus Pashtun–, los lugares comunes de la memoria colectiva apenas lo aluden a partir de la invasión de la otrora URSS (1979), y de la guerra emprendida en contra del régimen Talibán que lideraron los Estados Unidos tras los atentados del 11 de septiembre de 2001.

La esperanza de vida de un habitante de Afganistán es de casi 51 años, una tasa bajísima que ubica a esa nación del sur-centro de Asia, en el sitio 222 del Mundo, es decir, sólo por arriba de Guinea-Bissau y Chad.

Por ANDRÉS TAPIA

La entrevista se realizó en el hotel Distrito Capital –el cual se localiza en el barrio de Santa Fe en la zona Oeste de la Ciudad de México–, en algún momento del año 2011. Paris Hilton, la socialité estadounidense, visitaba México a propósito del lanzamiento de una nueva línea de zapatos de la que ella era propietaria e impulsora.

Yo era el editor adjunto de la revista GQ México y, cuando me ofrecieron entrevistarla, pensé que acaso sería posible conseguir una buena pieza periodística si la confrontaba con preguntas y temas a los que ella poco o nada se exponía. Barack Obama estaba a punto de entrar en la recta final de su primer mandato e iniciar la campaña electoral para el segundo, y yo ingenuamente pensé que la heredera del emporio de Conrad Hilton (su abuelo) podría trascender a su estatus de niña mimada, caprichosa y superficial.

Por ANDRÉS TAPIA // Fotografía: FERNANDO ACEVES

Look up here, man, I’m in danger

I’ve got nothing left to lose

I’m so high it makes my brain whirl

Dropped my cell phone down below

Ain’t that just like me?

Lazarus

Uno de los primeros días del mes de enero del año 2000, un teléfono sonó en la redacción del periódico Reforma de la Ciudad de México. Apenas escuchar el timbre, Carlos Meraz y yo nos sobresaltamos. Descolgué, encendí el altavoz, dije “Hello!” y, acto seguido, una voz de inconfundible acento londinense y coloratura de barítono, exclamó: “Soy David Bowie, chicos. ¿Cómo están?”.

Por ANDRÉS TAPIA // Fotografía: PETE SOUZA

EPIFANIO ÁLVAREZ CARVAJAL: Me encuentro en un salón lleno de guerreros, líderes y campeones.

La noche del viernes 26 septiembre de 2014, mi querido hijo, mi amado Jorge que entonces tenía 19 años, estuvo entre los 43 estudiantes que desaparecieron –y seguramente fueron asesinados e incinerados– en algún lugar cercano a la ciudad de Iguala, en Guerrero.

En los 15 meses que han pasado desde que esas 43 preciosas vidas se perdieron en ese sitio, muchas más vidas se han perdido en México debido a la violencia, la delincuencia y la corrupción que azota al país. Muchas más personas, también, que hoy escuchan estas palabras, se hallan de luto debido a la muerte de un ser querido debido a la violencia, la delincuencia y la corrupción. Como nación tendríamos que hacerlo mejor, porque somos mejores, mucho mejores que esto.