Por ANDRÉS TAPIA // Ilustración: PAUL POPE

Hace algunos años, una tarde del verano de 1995, justo una semana antes de que mi amigo Iván Rivera contrajese matrimonio, su padre, Héctor Rivera, en medio de una orgía de ron y coca-colas, nos relató una historia fascinante.

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Por ANDRÉS TAPIA

No estoy seguro, y es muy posible que nunca lo esté, pero tengo la sospecha que fue mi abuela, y nadie más, quien inventó las galletas que se regalan en Navidad, y que en la actualidad se comercian tan extendida e impunemente, sin que exista, en algún lugar, una placa, reconocimiento o patente con su nombre: Alicia Rodríguez Jiménez.

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El pasado viernes 31 de octubre, dejé de ser el Editor en Jefe de la revista Forbes México, cargo que desempeñé por algo más de dos años. Fue una gran época. Divertida e ingrata, inolvidable y eterna, absurda e inédita, como suelen ser –y son– las grandes épocas.

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Conocí a Emma hace tiempo, no puedo recordar con precisión cuánto. Tendría… cuántos… ¿cuatro, cinco?… y desde entonces el cabello largo y un destello cósmico en los ojos que por alguna razón esquiva y sorprendente, cuando pienso en ella, me devuelve la imagen insólita de la Puerta de Tannhäuser.

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A la vuelta de la esquina, debajo de una marquesina que no ostenta luces de neón, duerme Rufino.

En este momento –la medianoche de una noche de principios de octubre– la temperatura en la Ciudad de México es de 16 grados centígrados. El servicio meteorológico augura que, dentro de las próximas ocho horas, descenderá a 13 grados.

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“One day men look back and say that I gave birth to the 20th Century”.

Sir William Gull / Jack the Ripper (en la novela gráfica From Hell de Alan Moore)

Una noche de mayo del año 2009, me perdí con una amiga en las calles del barrio londinense de Whitechapel. Paty Islas y yo –y cerca de 30 personas más que se reunieron en la salida número 4 de la estación del subterráneo Aldgate East–, caminamos por espacio de dos horas por calles y callejones sucios y carentes de todo atractivo o glamour. Su atractivo, empero, era justamente ese. En esas calles ordinarias y simples, 121 años atrás un hombre que hoy es conocido como Jack the Ripper, asesinó, según la historia oficial, a cinco mujeres –aunque es probable que hayan sido siete.

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Era el año 2002, quizá el 2003. No recuerdo cómo llegué a esa librería de viejo. Una tarde, simplemente, me paré ahí, en la entrada, con una pesada mochila al hombro. Un hombre de mediana estatura, bigote (¿o barba de candado?), quizá de mi edad, atendía a un par de clientes.

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“Cuento las cosas con imágenes, así que tengo que atravesar por fuerza esos corredores llamados subjetividad”.

Federico Fellini

Conocí a Gustavo Moheno en la redacción del periódico El Sol de México el año de 1990. Yo había abandonado la universidad y buscaba trabajo desesperada y afanosamente. Él, por su parte, quería escribir de cine si bien su deseo era más un artilugio para convertirse en director de cine. Yo tenía 22 años; él, 17.

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Carl Jung llamó sincronicidad a “la simultaneidad de dos sucesos vinculados por los sentidos pero de manera no causal”. No es sencillo explicar esto, pero lo intentaré.

Un hombre se halla en el intento de escribir un relato acerca de una entrevista que sostuvo con el escritor mexicano Carlos Fuentes hace 16 años. Es casi la medianoche de México y el relato avanza… pero no va a ningún lado. Cuando el hombre cae en la cuenta de esto, inexplicable y repentinamente vuelve a una vieja obsesión: analizar el comportamiento de los asesinos mexicanos que forman parte del crimen organizado.

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Una noche ya perdida, mientras caminaba con un amigo, pasamos por la casa de quien entonces era su novia, más tarde sería su esposa y hoy solamente la madre de su hija. “Mira” –dijo, y extendió su brazo derecho para señalar orgulloso el balcón del piso número tres de un edificio de departamentos–, “ese rehilete yo se lo regalé a Adriana”.

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No era niño ya, pero aún tenía algo de niño. Y no sé bien por qué, pero decidí que quería repartir periódicos por las mañanas.

Una día descubrí un anuncio en un periódico local: “Se solicita repartidor de periódicos”. Arranqué la página y con 16 años y todas las ilusiones que pueden tenerse a esa edad, me presenté en una pequeña oficina situada en Viveros de la Loma, un barrio de clase media situado en la periferia de la Ciudad de México.

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Tengo un amigo que aún anda por ahí, mayor que yo, al que no he visto hace muchos años. Trabaja en la Embajada de los Estados Unidos, aunque no sé bien qué es lo que hace. La última vez que hablé con él por teléfono, me dijo que me daría los detalles en persona; infortunadamente, no pudimos concretar el encuentro.

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“Quitaos la ropa, chavales, aunque el clima sea malo. Y si por desgracia alguno de ustedes tiene que caer, hay peores cosas en la vida que una caída sobre los brezos. La vida en sí misma no es otra cosa más que un juego de fútbol”.

Sir Walter Scott

César Delgado corrió como un demonio por la banda derecha. Penetró al área grande justo por la esquina y, con un movimiento impredecible, quebró la cintura de dos defensas que, inertes, cayeron fulminados en el césped. Luego alargó la pelota con la punta del pie, casi con la delicadeza de un billarista a tres bandas –tuvo que hacerlo así para dejar sin oportunidad al portero de los Jaguares– y la metió al arco. No sé cómo ni por qué, pero en ese momento volví a un pasaje de mi infancia, un pasaje que, aunque ruinoso, de alguna extraña manera se mantenía en pie.

Por ANDRÉS TAPIA // Foto: REUTERS/Gustau

A Roberto Castañeda, Pablo Quintana, Óscar Olvera y Aníbal Santiago: los únicos blaugranas que valen la pena

–Señor –dijo aquel chico a mi padre–, su hijo da patadas.

Aunque me alejaba –corriendo, gritando, con los brazos abiertos, mirando al cielo y festejando un gol– alcancé a escucharlo.

Por ANDRÉS TAPIA

En el sótano de una casona de la calle Juan de Garay, en Buenos Aires, posiblemente en el barrio de Belgrano, Jorge Luis Borges, a través de Carlos Argentino Daneri, su álter ego y a la vez un anagrama imperfecto de Dante Alighieri, descubrió El Aleph.

Por ANDRÉS TAPIA // © Guy Le Querrec/ Magnum Photos

Era 1976. Desde una ventana del número 38 de la Köthener Straße, en Berlín, David Bowie miró a una pareja besarse. Él era estadounidense y ella, alemana. Detrás suyo se erguían el Muro de Berlín y una torreta de vigilancia. No estaban tan cerca como para provocar a los vigías de la Alemania Democrática, pero a Bowie, en su cabeza, así le pareció.

Por ANDRÉS TAPIA

La chica recogía basura.

Era el 2 de julio del año 2005 y, tal vez, el reloj marcaba las cuatro de la tarde o algo así.

Un par de días atrás había llegado a Londres para cubrir el concierto de Live 8. Paul McCartney, U2, Madonna, Pink Floyd, The Who, Robbie Williams, Bob Geldof, The Stereophonics, Elton John, Coldplay, Richard Ashcroft, R.E.M.… Nombren a quien crean que me haya faltado, les aseguro estuvo ahí.

Por ANDRÉS TAPIA

Nació fea y creció fea. Pero… ¿a quién culpar si la naturaleza no ha sido generosa contigo? A manera de compensación, en cambio, desarrolló una voluntad casi ingobernable que la ayudó a maquillar una inteligencia mediana para hacerla pasar como extraordinaria.

Pero nunca fue extraordinaria.