Por ANDRÉS TAPIA // Fotografía: FERNANDO ACEVES

Look up here, man, I’m in danger

I’ve got nothing left to lose

I’m so high it makes my brain whirl

Dropped my cell phone down below

Ain’t that just like me?

Lazarus

Uno de los primeros días del mes de enero del año 2000, un teléfono sonó en la redacción del periódico Reforma de la Ciudad de México. Apenas escuchar el timbre, Carlos Meraz y yo nos sobresaltamos. Descolgué, encendí el altavoz, dije “Hello!” y, acto seguido, una voz de inconfundible acento londinense y coloratura de barítono, exclamó: “Soy David Bowie, chicos. ¿Cómo están?”.

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Por ANDRÉS TAPIA

Desde que el hombre pudo tomar un trozo de piedra, papiro, papel o cualesquier otro material y contar en él y a partir de él una historia, la literatura ha permitido a sus protagonistas regresar y existir eternamente. A eso se refería Honoré de Balzac –a quien se le atribuye la creación de dicho recurso literario– con el retorno de los personajes.

La fórmula de Balzac halló eco muy pronto y sería Edgar Allan Poe, a través de la figura del Chévalier Auguste Dupin [“Los crímenes de la Rue Morgue” (1841), “El misterio de Marie Rogêt” (1842) y “La carta robada” (1844)], el primero en utilizarla.

De ese modo, Poe plantó la piedra filosofal de la novela policiaca, la cual se convertiría en género literario a partir de la aparición, unas décadas más tarde, del Sherlock Holmes de Sir Arthur Conan Doyle y el Hercules Poirot de Agatha Christie.

Por ANDRÉS TAPIA

Para Aníbal, él sabe porqué

Más de una vez me he planteado, en el más absoluto de los silencios, qué es lo que restaría de la humanidad –y cómo sería recordada– si, por ejemplo, el día de mañana un meteorito como el que extinguió a los dinosaurios cayera sobre la Tierra y acabase con toda la vida en el planeta.

Como no habría ningún ser vivo para atestiguarlo –y ofrezco disculpas por las visiones apocalíticas de mi imaginación–, me da por pensar que en algún momento una raza de alienígenas llegaría a la Tierra, no para conquistarla, sino tan sólo para averiguar quienes vivían en ella, cómo vivían, qué pensaban, qué querían.

Por ANDRÉS TAPIA

Una tarde de primavera de hace cinco años, mientras vacacionaba en Londres, me dirigí a Covent Garden con la intención de tomar fotografías de los edificios circundantes. La cámara que llevaba conmigo contaba con un visor especial que podía plegarse horizontalmente, haciendo posible de ese modo tomar fotografías sin colocarse el visor a la altura de los ojos. Este dispositivo permite a su portador, llegado el caso, tomar fotografías sin que un objetivo se percate de ello.